Les pido una disculpa a todos, ya que por diversos motivos no me habia sido posible, colocar la nota con anterioridad, desafortunadamente carezco una foto de Pepe, asi que se las encargo.

 

Homenaje a José Luis Ramírez.

Laura Concepción Pescador-Cantón

Coordinación Nacional de Arqueología

 

Como poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabia culpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le permitió cumplir con muchos libros que parecían re­procharle su incuria.

El tiempo no rehace lo que perdemos, la eternidad lo guarda para la gloria y también para el fuego.

 

"Los Teólogos"

Jorge Luis Borges

 

José Luis Ramírez Ramírez, mejor conocido co­mo Pepe, nació en el Distrito Federal en 1945, es hijo único de padres que se dedicaban al co­mercio. Su primer trabajo fue en la industria textil, era tejedor de tela de punto, mientras estudiaba comercio y contaduría privada. Poste­riormente, Pepe ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia, en 1968, precisa­mente como contador privado y después empe­zó a hacerse cargo del Archivo Administrativo que finalmente se convirtió en el Archivo Téc­nico-Administrativo, gracias a los constantes esfuerzos para unir la historia de los trabajos ar­queológicos con la historia burocrática relacio­nada con ellos.

 

Este conocido personaje de la arqueología nacio­nal recibió e! archivo de manos de otro compañe­ro que le proporcionó, como única herramienta práctica para su manejo, un manual que clasi­ficaba los ejemplares del 1 al infinito, sin que recibiera capacitación alguna. A partir de ese mo­mento, y trabajando bajo las órdenes del arqui­tecto Ignacio Marquina como jefe del Depar­tamento de Monumentos Prehispánicos, José Luis Ramírez inició un largo viaje con la pesada

carga de 8 mil, ejemplares que incluían enton­ces todos los informes técnicos donde se di­bujaba claramente la historia de la arqueología mexicana.

Pero él no se conformó con cuidar lo que le ha­bían encomendado y, como un arqueólogo, se dedicó a recopilar información dispersa en otras oficinas de! INAH Y en otros archivos. Así, logró rescatar los informes entregados por los investi­gadores al entonces Departamento de Publica­ciones, que llegaban directamente ahí, enviados por los propios autores, para ser publicados en los Anales del Instituto, aquellos de la primera época cuando los arqueólogos tenían dividida la República Mexicana por regiones atendidas por ellos utilizando el apelativo de inspectores de Monumentos Prehispánicos. Entre estos personajes se encontraban grandes nombres de la arqueología mexicana como José García Pa­yón, Jorge R. Acosta, Pedro Armillas, Henrich Berlín, Franz Blom, Alfonso Caso, Roque Cevallos, Daniel Rubín de la Borbolla, Ignacio Marquina, Wilfrido Du Solier, Agustín García Vega, Alfonso Medellín, Hugo Moedano, Eduar­do Noguera, Emique Juan Palacios y Alberto Ruz Lhuillier.

Algunos de estos notables personajes fueron los directos de Pepe en el Archivo Técnico de la Dirección de Monumentos Prehispánicos.

Otros más fueron sus maestros y amigos, pero a quien más admira es a Jorge R. Acosta, a quien acompañaba en sus viajes a Tula y a Monte Al­bán a pesar de que no le daban permiso porque desde entonces ya era indispensable para el Consejo de Arqueología y para la Dirección de Monumentos Prehispánicos. Con Jorge, como él le llama respetuosamente, le insistió duran­te años para que lo visitara cuando trabajaba en Palenque, sin embargo, nunca pudo ir, a pesar de la insistencia y la disposición de don Jorge de pagarle el viaje completo.

El jefe de quien más aprendió Pepe fue de su tocayo José Luis Lorenzo, quien se caracteri­zaba por traerlo "cortito"; de este ilustre maes­tro supo que el orden y e! mantener al día el archivo era la clave para acrecentarlo y conser­varlo, así como para atender los requerimien­tos de los investigadores. De hecho, el mismo Lorenzo peleaba constantemente con Pepe y el motivo principal era la concepción particular que tenía cada uno sobre la propiedad y composición de! archivo. Para el maestro Lorenzo, el Archivo Técnico debería estar separado del Archivo Adminis­trativo ya que consideraba que, el primero pertenecía a! Con­sejo de Arqueología -del cual Lorenzo era presidente- y, por otro lado, e! Archivo Adminis­trativo debería estar en otra oficina. Pepe Ramírez siempre se negó a esta separación y des­membramiento, y su obstina­ción incluso pudo ocasionar que fuera separado del Instituto, y no precisamente por iniciativa de José Luis Lorenzo, sino por­que en una reestructuración de! INAH, el direc­tor general había decidido que parte del archi­vo debería ir a la Dirección y la otra parte se distribuiría en cada una de las unidades admi­nistrativas recién creadas. Sin embargo, Pepe se opuso con argumentos sólidos, incluso contra la voluntad de un director general, y esto le valió amenazas sobre la permanencia en su cargo. Afortunadamente para él y para nosotros, Pepe logró mantener e! archivo y volver a Monumen­tos Prehispánicos, oficina que había quedado acéfala momentáneamente de la urdimbre bu­rocrática del instituto.

 

Esta misma pasión por mantener la cohesión de! archivo, la ha llevado también a enriquecer el acervo a su cargo. De esta forma, el archivo ahora integra fondos especiales como el de Mo­numentos Prehispánicos, el cual fue publicado en 1987. Otro fondo más corresponde a! de Jor­ge R. Acosta e incluye documentos importan­tes y personales generados por este gran per­sonaje de la arqueología mexicana. La labor de incrementar el acervo también lo ha llevado a recuperar archivos y documentos personales de gente como Florencia Müller y César Lizardi. Más recientemente ha logrado que se incorpo­re parte del bagaje personal del doctor Román Piña Chán, otro de los investigadores prominen­tes del país.

 

 

Los documentos escritos no son !a única infor­mación que Pepe Ramírez ha rescatado; también ha sido constante en la recuperación de planos y levantamientos arquitectónicos de sitios y mo­numentos arqueológicos y su empeño se ha extendido a la recuperación de diapositivas y fotografías de excavaciones y materiales arqueológicos como vasijas, cuyos autores también fue­ron aquellos que fundaron el INAH Y trabajaron durante la década de los años treinta. Su na­vegar lo ha llevado desde el ex Convento de Culhuacan, hasta lugares remotos en algunos es­tados e, incluso, hasta las casas de aquellos que fueron sus jefes y compañeros, y que ahora se han ido. Fuente inagotable, la mente de Pepe retiene la ubicación de documentos en otros archivos; utilizando un recurso nemotécnico ha construido lo que llama "redes", lo que le per­mite orientar al usuario para que obtenga y con­sulte físicamente el legajo de su interés.

 

Pepe no se conforma con la historia de la inves­tigación que a la fecha suma alrededor de 10 mil volúmenes solamente en informes técni­cos. Al mismo tiempo, ha confeccionado y al­macenado expedientes separados para tener la memoria de todas las acciones realizadas en cada una de las zonas arqueológicas del país. En éstos se puede encontrar todo lo referente a tierras, expropiaciones y operaciones de com­pra ventas realizadas para que este patrimonio quede realmente en manos de la nación.

 

Asimismo, hay expedientes sobre las poligona­les y las delimitaciones de cada sitio arqueológi­co. También hay información del mantenimien­to y la limpieza de las que han sido objeto. Otros expedientes más, considerados de carácter con­fidencial, son los que se han ido integrando para cada uno de los arqueólogos que han trabajado en cada una de las zonas. Para Pepe Ramírez es importante que esta información esté separada por varias razones: para cumplir con la docu­mentación general y, al mismo tiempo, asegu­rar que quien requiera de !a información la tenga a la mano, pero también mantiene el secreto de la historia académica de cada uno de los inves­tigadores del INAH o de otra institución -inclu­yendo la Universidad Veracruzana- que haya realizado trabajos arqueológicos en México.

 

Existe un mito alrededor de Pepe y del celo con el que resguarda el Archivo Técnico: nació cuan­do un nuevo director general del INAH, decidió crear la Dirección -léase Coordinación Nacio­nal- de Arqueología y Monumentos Prehispánicos transformándola en la Subdirección de Estudios Arqueológicos. Esta última contaba ya con una nueva sede, en el Centro Histórico de la Ciudad de México habiendo dejado sus ofi­cinas de la colonia Roma, desde un año antes. Por su parte, el nuevo recinto de la Dirección -coordinación- de Arqueología, también en el Centro Histórico, fue la Antigua Casa del Ma­yorazgo de Guerrero, que en ese momento no con­taba con instalaciones adecuadas para albergar el Archivo Técnico. Se dice que entonces Pepe decidió llevarlo a su casa, mientras se termina­ba de acondicionar el espacio. En realidad, esto nunca sucedió, en cambio lo que sí es cierto es que Pepe esperó a la mudanza para acompañar personalmente el Archivo Técnico hasta su nue­va ubicación, donde permanece hasta la fecha. En este lugar ha crecido aún más en volumen; el diminuto nicho destinado a este archivo se ha duplicado intensivamente en área -hacia arriba claro está- para poder almacenar todo lo que llega diariamente.

 

A Pepe casi todos lo conocimos desde que éra­mos estudiantes. siempre hemos encontrado en él la disposición y la sabiduría para enriquecer nuestros trabajos escolares y nuestras investiga­ciones profesionales. Quienes han demandado más de él, han obtenido mayor documentación sobre el sitio o el tema de interés particular. Otros más acuden con él para pedir información sin tener la noción clara de lo que solicitan: de repente le piden "todo lo que hay de arqueolo­gía en la Costa del Golfo” y el, pacientemente, los ha orientado para que definan precisamen­te qué es lo que les interesa. Esta labor va más allá de su jefatura de departamento, ya que es maestro no curricular de muchos de nosotros, porque gracias a él algunos hemos terminado tesis profesionales, artículos y libros. Nuestras obras sido fortalecidas con la información y los documentos que poco a poco, y una vez que logramos que se involucre en nuestra investigación,  nos va proporcionando. Así, nos ha hecho creer que el Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología es una caja de sorpre­sas y que debe ser como un laberinto del que solamente él conoce los confines, como los bi­bliotecarios que retrató Humberto Eco en El nombre de la rosa.

 

Muchos de estos trabajos forman parte también del Archivo, muchos han sido regalos personales al encargado, y éste las ha ingresado para la consulta y el conocimiento de otros investiga­dores. También su trabajo ha inspirado tesis de maestría y doctorado que tratan sobre la histo­ria de la arqueología mexicana. Otras publica­ciones han salido de este Archivo. El incansable Pepe colaboró con Roberto García Moll para in­tegrar el Índice del Archivo Técnico de la Dirección de Monumentos Prehispánicos, publicado por el INAH en 1987. Asimismo, aparece corno colabo­rador en una antología de materiales arqueoló­gicos y parte del acervo ha sido fundamental para la Revista de la Coordinación Nacional de Ar­queología del INAH Y para la revista Arqueología Mexicana. Hoy en día, gracias a la iniciativa del licenciado José Muñoz Bonilla, entonces Direc­tor de Planeación, Evaluación y Coordinación de Proyectos, y de Beatriz Leonor Merino Carrión, y con el valioso apoyo del doctor Ale­jandro Martínez Muriel, coordinador de Ar­queología, se inició la producción de la serie Arqueología: diálogos con el pasado, que es una obra dedicada a distintas zonas arqueológicas corno Xochicalco, La Quemada y Monte Albán, don­de se conjuntan fotografías y textos de los pri­meros trabajos realizados, así como información proporcionada por los investigadores que actual­mente trabajan en ellas.

 

Lo paradójico de la vida profesional de Pepe es el hecho de que, a pesar de saber como nadie lo que se ha hecho en cada uno de los sitios ar­queológicos, solamente ha visitado algunos de ellos, Teotihuacan, Tula y Monte Albán los conoció gracias a Jorge Acosta, su arqueólogo favorito, quien solía pedirle que lo acompaña­ra; también conoce Xochicalco y Cantona. De Cacaxtla únicamente ha visto el domo porque se observa desde Xochitécatl, el cual visitó cuando estaban en marcha los macroproyectos arqueológicos, entre 1993 y 1994. La costa del Golfo aún es territorio inexplorado para este personaje, únicamente conoce El Tajín, y lo hizo hasta 1995, invitado a colaborar para ordenar parte del archivo del proyecto arqueológico.

 

Pepe quiere jubilarse, ahora añora concretar un viaje siempre postergado por diversos motivos, que incluye ver desde Quiahuiztlan el mar don­de desembarcó Hernán Cortés; observar los ladrillos de Comalcalco donde trabajó Ponciano Salazar, eterno compañero de cigarros y café durante las horas de oficina; recorrer las crujías y los patios del Palacio que restauró don Jorge en Palenque y, quizá, llegar hasta la Acrópolis de Yaxchilán, lugar donde Roberto García Moll, a quien Pepe aprecia bastante, trabajó durante veinte años.

 

Pepe Ramírez ha atesorado documentos duran­te casi 35 años, gracias a él, generaciones de investigadores como cualquier interesado en el pasado de este país, han sido beneficiados de esta fascinación por la conservación de un ar­chivo que conjunta gran parte del pasado prehis­pánico, así corno la historia de cómo se ha ido reconstruyendo el México antiguo.

 

En su afán de mantener en uso el Archivo Téc­nico cuando deje el INAH, Pepe ha emprendido algunas actividades. Gracias a su colaboración y a la iniciativa del arqueólogo Ángel García Cook, entonces director de Arqueología, se termina­ron de microfilmar los textos, existentes hasta ese momento, del Archivo Técnico; también se construye una base de datos para catálogo, con­sulta y restauración del acervo y, finalmente, capacita a personal para que pueda continuar con su trabajo de más de tres décadas. José Luis Ramírez Ramírez tiene la esperanza de que llegue alguien como él, que tenga la misma pa­sión y que haga que la memoria de la arqueolo­gía mexicana siga manteniéndose como hasta ahora y se dé a conocer al resto de la gente. Por lo pronto, creo que muchos esperamos que con­tinúe en su lugar durante más tiempo.

 

EL PRESENTE ARTICULO SE ENCUENTRA PUBLICADO EN LA REVISTA ARQUEOLOGIA VOLUMEN 32, SEGUNDA EPOCA, ENERO-ABRIL 2004, EDITOR COORDINACION NACIONAL DE ARQUEOLOGIA, MEXICO.

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Imposible concebir la investigación arqueológica sin Don Pepé Ramírez. Merecido homenaje y una gran idea.
Paola Serrano y Verónica Bravo

López Wario: La fábula del tejedor y los minúsculos ogros. Homenaje a Pepe Ramírez. 

Luis Alberto López Wario

Dirección de Salvamento Arqueológico-INAH

Jueves 29 de mayo de 2014, 12 horas.

 

Buenas tardes a todas y todos. Muchas gracias por la invitación del Comité Ejecutivo de investigadores del INAH; en lo que valga, les reconozco por impulsar esta magnífica iniciativa del merecido homenaje a José Luis Ramírez Ramírez. Les prometo ser breve e intentaré ser claro en mis palabras; para empezar, me curo en salud y agradezco su paciencia. Mi estimado Pepe, ojalá sea de tu agrado esta breve historia, que va a manera de cuento: La fábula del tejedor y los minúsculos ogros.

Había una vez un no reino que con demasiada frecuencia sí lo parecía y, por lo que ahí ocurría, se generaba grave riesgo para sus habitantes. Ese lugar, cuya forma se le decía a los niños que asemejaba al fabuloso cuerno de la abundancia, estaba pletórico de deliciosos frutos, ríos nutricios y originarios, fauna incluso mitológica, mares que eran procelosos y profundos, añeja y milagrosa vegetación, montañas sagradas y de vivo fuego, lluvias sanadoras que lavaban los rostros, sol naciente y poniente, minerales ocultos, así como muchas piedras que tenían más de dos mil años, como llegó a decir un sabio del territorio, y sobre todo, había gente que le daba vida.

En ese no reino nació un niño al que le gustaba atesorar para los demás, lo que en muchas en ocasiones le llevó a enfrentarse con esos seres que se sentían los hijos del ogro filantrópico, vástagos putativos que no eran nada mitológicos, sino lamentablemente muy reales, perjudiciales y que para pesar del resto del pueblo encontraron la forma de reproducirse y eternizarse. Eran seres a los que les fascinaba matizar las palabras para no cambiar los conceptos y mucho menos sus prácticas, que llegaban a ser ejemplos de inmoral expolio.

Por fortuna, como otros más, a pesar de ellos el niño creció, y se encontró al crear urdimbres, las que se volvieron su pasión, y que se convirtieron en su labor durante sus años de juventud y sobre todo en su madurez, es decir, en su plenitud.

Y el niño de nombre José tejió, tejió y siguió tejiendo redes de memorias con hilos y géneros que venían de muchos rincones, que habían sido elaborados por incontables manos, tramas y hechuras que le permitían a todos acercarse a tiempos y gente que en ocasiones parecían muertos, pero que en realidad eran mundos pletóricos de vida, de luces y sombras. Eran espacios en los que el niño Pepe tuvo razón y sustento porque se encontraban palabras escritas, en los que se hallaban espejos con sus infaltables entrecruces de miradas, en los que se podían vislumbrar a otros y verse a sí mismos, a veces con miedo pero siempre con sorpresa.

En sus tejidos de relatos, ese aún niño asombraba por su persistencia, por la certeza de que ahí se podrá encontrar ese conocimiento que tenía un origen colectivo, el que en mucho era contradictorio pero también complementario y valioso.

La labor de ese niño permitió valorar eso que el gran humano Pablo Neruda llamó las memorias del memorialista, a las que distinguió de las creadas por los poetas, pues decía que “aquél, el memorialista, vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Éste nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época” (Pablo Neruda, Confieso que he vivido, p.9).

Y hete aquí que en ese no reino, tras muchos veranos y lluvias, días asoleados y ventosos, ya bien calmos o de aquellos milagrosos que regalaban la maravilla de los eclipses, llegó la hora no de entrar a ese espacio pleno de redes y urdimbres, pues esa hora había sido la de siempre, sino que había llegado el momento de abrazar con fuerza y cariño al memorialista, al que atesoró para dar a los demás la oportunidad de saber, estrechar al que ante los sin argumentos había defendido a esos bienes de todos con herramientas forjadas y tomadas de su interior. Era el tiempo de envolverlo para que se arropara en los enormes agradecimientos que se le ofrecían y que mucho se merecía.

Los sabios del lugar decían que ennoblece a los humanos el crear esos conjuntos ordenados de documentos que se constituían como la memoria resguardada, los que se volvían incluso patrimonios históricos envueltos en su forma terrena de documento, y que aún más ennoblecía el actuar diario del ser humano que logra ante los regresivos embates conservar esa memoria social plasmada en papeles, fotografías, películas, libros, información que además permanecía en la privilegiada mente de aquel que la abría ante el leve impulso de la simple pregunta que se le planteaba un día sí y al otro también, pregunta que para algunos resultaba un acertijo: “Pepe, ¿me podrías ayudar con ...”.

Y algunos se preguntaban ¿de qué sirve conservar, mantener todas estas historias recuperadas? Entonces poder afirmar que al final de cuentas, se esté o no de acuerdo por principios epistemológicos, ontológicos y otros conceptos lógicos aplicables, lo que resulta de cualquier labor en arqueología es una historia. Es decir, que siempre se obtiene la formulación narrativa de una propuesta acerca de cómo funcionaba ese mundo que fue explorado por sus restos. Así, quedaba de manifiesto que los discursos arqueológicos habían abordado las diversas historias en múltiples formas, en una amplia variedad de perspectivas, con miradas cargadas de sus propios tiempos y espacios.

Era en el estudio y reconocimiento de las diversidades, de las constancias y de las transformaciones, de las que se observan tanto en los estudiados como las que están presentes en los estudiosos, en esa búsqueda del conocimiento de los supuestos otros que se volvía al encuentro del nosotros, que resaltaba la validez y que se encontraba la necesidad de una memoria histórica, que por el hecho de estar ahí, atesorada, con la paciencia obligada, se volvía compartida, compartible.

En eso ha estado en las recientes más de cuatro décadas de su vida el niño José. Sí, también se sabía que le gustaba que le dijeran sólo Pepe, o como le llamaban algunos Don Pepe. También se sabía que estaba acostumbrado a conocer, escuchar, leer acerca de cientos y miles de años, y entonces ese casi medio siglo le parecía corto comparado con aquellos periodos.

Su labor permitía a los lugareños re traer a otro ser humano que tenía también por pasión (en su caso era obsesión) el buscar, el reunir la información que estaba en riesgo de perderse. “Don José mira y vuelve a mirar lo que se halla escrito en la ficha,... la caligrafía, excusado sería decirlo, no es suya, tiene un trazo pasado de moda, hace varios años otro escribiente anotó las palabras que aquí se pueden leer”, como dice Saramago acerca de su héroe homónimo en la novela Todos los nombres (p. 44).

Y ya se entendía que básicamente, así de grande por sencillo, la función que hizo Pepe en “su” archivo histórico radicó en construirlo como un conjunto ordenado de documentos, ante múltiples disposiciones, criterios y normas, con la aplicación de los cuidados que pudo obtener, aunque en muchas ocasiones las instrucciones que recibía resultaran contradictorias o lesivas. A pesar de ello, consiguió una misión más importante, que fue la de servir, es decir, el exponer los archivos para el que ahí llegue cuente con la posibilidad de explorar en los miles de hojas y cientos de intentos de construir historias.

Por ello se concordaba con aquellos que afirmaron que el mayor enemigo tanto de la naturaleza como de los elementos históricos era el hombre mismo, algunos quienes representaban adversarios que merodeaban desde hacía ya demasiado tiempo.

Así, en los documentos de ese archivo estaban plasmados los hechos de la historia del no reino y pueblos circunvecinos, proceso que se construía cada día, con dolores o sin ellos.

Ese niño José nació un jueves de abril del año justo en que por fin terminaba una cruenta guerra que pareció llevaría al fin del mundo; finalizaba con la locura de dos grandes hongos de mortal fuego apocalíptico, con llantos y silencios que así lo anunciaban, y él, a contracorriente, se dedicó a crear un mundo, a tejer una trama cargada de historias, como el señor José que vive en la literatura al que el nobel y noble portugués hace decir: “Y él qué hará, si ya no puede realizar lo que pensaba, hará lo que siempre ha hecho, coleccionará recortes de periódicos, fotografías, noticias, entrevistas, como si no hubiese sucedido nada” (p.57), en una labor que desarrolla ese hombre con sus condiciones y circunstancias.

No resulta necesario abundar en la riqueza del acervo responsabilidad de Pepe, que llegó en gran medida a ser su obra. Ya otros lo han hecho, incluso él mismo lo escribió años atrás. Sin embargo, sí es menester resaltar, en breves palabras, su antigüedad, su profundidad histórica, su diversidad temática y de miradas, el valer de su continuidad. Destacar el peligro de su dispersión y del riesgo por pérdida de sus valiosos fondos, muchos de ellos conformados por documentos inéditos.

He tenido el placer y privilegio de compartir el trabajo con ese afamado tejedor, en labores que ponen de manifiesto los valores que le constituyen, como son la constancia, la congruencia, la paciencia, la bondad de la transmisión, el respeto al otro, aspectos de su ser que reconozco en su enorme valía. Y sí, en ese amplio calendario que ha recorrido se dieron los inevitables cambios sexenales y principalmente en tanto las líneas políticas, esas líneas de prioridades que cambiaban mientras él mantenía su red/espacio bajo resguardo.

En cualquier momento, pero con más fuerza en los de crisis es que el conocimiento histórico y social de los pueblos se vuelve un imperativo necesario, un bien básico, y lo más grato radica en que esa fortuna no sólo es para los iniciados. Existen demasiadas tentaciones en apropiarse de todo, sea o no colectivo, sea o no renovable, sea o no justo. Y es ahí donde las fuentes documentales que Pepe resguarda se constituyen en portadoras de huellas y vestigios de los pasados humanos. Y con la investigación de esas marcas se tiene la posibilidad de que el estudioso pueda explicar, comprender o interpretar un determinado aspecto de lo ocurrido.

Por eso se entiende que los archivos históricos como el de Pepe se componen de partes significativas y cargadas de significados de la memoria colectiva de los pueblos, en los que cobra especial importancia el que en sus fondos se encuentren valiosos testimonios que también esperan ser descubiertos, cual otro bien enterrado.

Se vive y se padece el que éste bien en riesgo de avasallamiento formado por el acervo cultural y patrimonial de un pueblo se vaya perdiendo por diversas razones, por desconocimiento, accidentes o negligencia. Este daño ocurre incluso en esas partes de la historia que se conservan hasta en los archivos privados familiares y en los testimonios personales.

Lamentablemente, resulta común el que junto con la pérdida de edificios representativos de la historia se destruyan también documentos de enorme valor que permitirían reconstruir la historia y las voces de un pueblo, a través de un muy variado conjunto de documentos, esa documentación antigua que ofrece huellas de un pasado que aún no ha sido interpretado.

Y en esas páginas y acervos que Pepe atesoró, se encuentran también los cambios de perspectiva, práctica, definición, en la política y organización del quehacer arqueológico e institucional. Basta una mirada somera para encontrar datos e informes, de propios puño y letra o de sus máquinas de escribir, de personajes como Batres, Piña Chán, Acosta, García Payón, Armillas, Gándara Vázquez, Caso, Mendiola Galván, Lorenzo Bautista, Carballal, Noguera, Ruz Lhuiller, Lítvak King, García Bárcena, Gamio, Olay Barrientos, Contreras, Martínez Muriel, Ruiz Gordillo, Gamio, Sánchez Vázquez, Nalda Hernández, González Licón, y un enorme etcétera que rebasa al narrador.

Con esas colecciones se permite el acercamiento al desarrollo de la conciencia histórica de la actividad arqueológica, a los contextos históricos, a los modos y las circunstancias en torno al quehacer, pues como escribe Pepe con mucha verdad: “Ésta es una fuente en busca de investigadores”, a la que sólo algunos pocos se han aproximado.

En un sentido práctico y organizativo esos documentos ahí resguardados permitían, o incluso se podría decir que ojalá fueran la piedra obligada para la toma de decisiones en torno al patrimonio arqueológico.

En las ocasiones en que platicamos Pepe y yo acerca de lo que significaría la pérdida del archivo que custodia le dije, le digo y les digo que en gran medida sería quizás aún más grave que la pérdida de múltiples sitios arqueológicos, porque en él se guardan no sólo los datos fríos, sino las palabras, en su esplendor vuelta un símbolo.

Discúlpenme que haya mezclado en mis palabras mi visión de Pepe con mi visión de lo que me significa el Archivo de Arqueología. No tengo más razones que se me han vuelto uno mismo, y aunque estoy cierto que el Archivo seguirá, también sé que se volverían los mejores reconocimientos y homenajes a José Luis Ramírez Ramírez, Don José, Pepe, el que en primer lugar ese archivo lleve merecidamente su nombre, por su valiente y apasionada entrega, pero estoy aún más convencido que el mejor legado y homenaje consistiría en que se le escuche a él, y que proponga y se acuerden los mecanismos para que ese archivo sea fortalecido a través de más apoyos en recursos de todo tipo, sin escatimarle nada, pues es un hecho que contiene una parte sustantiva de nuestra memoria social, lo que está a contracorriente de las tentaciones para su desarticulación y de la misión colectiva de nuestra casa. ¿No son acaso valiosas las inversiones sociales?

Al final de esta fábula con su inevitable moraleja, en unos minutos te he querido decir Pepe que es menester decirle felicidades al quehacer de la historia por tu perseverancia, por tu labor no de superhéroe, pues más allá de las leyendas en tu entorno está el hombre que se aceptó a sí mismo, se reconoció frente a sus circunstancias, el que supo hacer una adecuada lectura de sus documentos y de su tiempo. Acepta el profundo reconocimiento por la creación de esas redes, las que en aparente contradicción permiten crear libertades; recíbelo por el resguardo de las obras de las memorias, mi querido memorialista, nacido en ese no reino que sí lo parece, con demasiada frecuencia, y del que con seres como tú tenemos la oportunidad de estudiar, criticar y, si acaso, intentar conocer. Gracias a ti, fabuloso tejedor, y de los minúsculos ogros, mejor ni hablar más, sólo estar alertas y cuidarse. Gracias.

Texto reproducido con la autorización de Luis Albero López Wario. Leído en el homenaje a don José Luis Ramírez Ramírez. Auditorio Fray Bernardino de Sahagún, MNA. México, D.F, Mayo 29 de 2014.

¡¡¡¡  ... FELICIDADES A PEPE RAMIREZ !!!... MAS EXITO EN TU TRABAJO EN PRO DE LA ARQUEOLOGIA MESOAMERICANA.....

SALUDOS....

 DR. ELIAS RODRIGUEZ VAZQUEZ

        UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA DE MEXICO

QUE BUENA SEMBLANZA NOS DAS A CONOCER DEL SR. JOSÉ LUIS RAMÍREZ, OJALÁ SEA INSPIRACIÓN PARA MUCHOS DE USTEDES QUE SE DEDICAN A LA ARQUEOLOGÍA Y CON MUCHA PACIENCIA Y RESPETO ORIENTEN A LAS DEMÁS PERSONAS QUE NO ESTAMOS TAN EMPAPADAS DE ESTA FASCINANTE MATERIA!!! FELICIDADES!!

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