DE ARQUEÓLOGOS Y CÓDIGOS DE ÉTICA: CONSIDERACIONES SOBRE EL QUEHACER COTIDIANO

Hazael Alvarado Hernández*

Introducción
Actualmente el quehacer del arqueólogo se ha constituido como uno de carácter polifacético ―maestro, administrador, fotógrafo, curador, dibujante, cartógrafo, investigador, negociante, editor, etcétera― aunado a esto, la trayectoria con que actualmente cuenta esta disciplina, así como la diversidad de tradiciones académicas que se han consolidado y desarrollado en su interior suscitó que durante mucho tiempo se dejaran de lado, como en otras de corte social, las reflexiones de carácter ético-valorativo. Desde esta perspectiva, el presente trabajo tiene como propósito abordar las principales áreas de competencia del arqueólogo; el proceder de este en su práctica cotidiana, así como los códigos o principios que mínimamente deben guiarla.


Para abordar la tarea anteriormente mencionada es necesario, primero, tener claro en qué consiste la práctica del arqueólogo, por lo que desarrollaremos brevemente las tres grandes áreas en que, desde nuestra perspectiva, es que esta gira: investigación, difusión, y protección del patrimonio arqueológico. Estas, es necesario anticiparlo, no se comportan como categorías rígidas o completamente cerradas, sin embargo, en un primer momento, así como para fines descriptivos y formales es que hemos decidido hacer esta división.


Posteriormente, realizaremos una breve reflexión en torno a lo que representan los códigos de ética, revisaremos algunos de estos, sus características y puntos que contemplan. Estamos seguros de que la falta de reflexión en este aspecto ha suscitado, en especial para una disciplina como la arqueología (cuya difusión al público no ha sido lo suficientemente amplia), que con el transcurrir de los años se hayan generado no sólo ideas erróneas y tergiversadas de esta, sino también de las actividades llevadas a cabo por quienes la practican de manera profesional.


Al final, teniendo como base lo anterior, nos limitaremos a enunciar los puntos que como mínimo debería contar un código de ética en arqueología, ya que el desarrollo de este nos llevaría más tiempo y espacio del que contamos por el momento.

Investigación
Desde sus orígenes en el Viejo Mundo, la arqueología ha atravesado por diferentes momentos. El estudio de los restos del pasado pasó de ser una actividad practicada por coleccionistas (o diletantti), interesados más en la autenticidad de los artefactos (véase López [2008]) que en dar cuenta de un proceso o comportamiento a través de estos para, posteriormente, pasar a ser un medio para legitimar y justificar los orígenes o herencia común de los estados nacionalistas[1].


Actualmente aunque la información obtenida a través de la investigación arqueológica ha sido utilizada para diversos fines, al interior de la comunidad académica todavía quedan diversas opiniones y tradiciones respecto a su campo de acción, corpus conceptual, así como si debe subordinarse al campo de la historia o la antropología. En cierta forma esto ha tenido como consecuencia que los enfoques y propuestas para el estudio del hombre en tiempo y espacio a través de sus restos materiales de esta disciplina se hayan diversificado y expandido a tal grado, que hoy en día podemos escuchar sobre arqueología industrial, histórica, de la basura, subacuática[2], etcétera.


La investigación, aunque no es más importante que los demás rubros que a continuación mencionaremos, es la base que le permite al arqueólogo acceder, de forma científica, al dato empírico para de ahí pasar al interpretativo o explicativo (según sea el caso). Desgraciadamente, actualmente ―para el caso mexicano― el avance de esta se ha visto fuertemente afectada al verse superada la institución pertinente, en este caso el INAH, ante la gran cantidad de sitios con evidencia arqueológica así como la titánica tarea para su estudio, protección y difusión.


Sin embargo, a pesar de las problemáticas que actualmente inciden en el desarrollo de la investigación arqueológica en México, Perú, China, etcétera, esta debe, ante todo, conservar su carácter científico; es decir, ser metódica, no errática, sino planeada. Todo trabajo de investigación se funda sobre el conocimiento del anterior. Más aun, proceder conforme a reglas y técnicas que han resultado eficaces en el pasado, pero que son perfeccionadas continuamente (Bunge, 1960).

Difusión
La difusión o divulgación de la investigación o conocimiento arqueológico puede darse a distintos niveles, tanto al interior como al exterior de la comunidad académica; ya sea a través de la docencia en instituciones educativas, talleres, conferencias, medios electrónicos, publicaciones especializadas, o de divulgación. Sin embargo, dado que desde hace varias décadas la posición del científico ―incluido el social― se ha visto fuertemente menguada y tergiversada, es necesario concentrar esfuerzos adicionales en esta área.


Consideramos que las disciplinas sociales tienen una responsabilidad y tarea muy grande, en la mayoría de los casos, tenida a menos por sus quienes las ejercen. Los especialistas en el tema coincidirán en que las sociedades humanas ―incluida su historia, costumbres, y demás expresiones culturales― se encuentran inacabas, cambian continuamente y no son extáticas; por ello, corresponde a los profesionales en estos campos estudiar, investigar, conservar, y difundir con la mayor diligencia posible lo relacionado a su objeto de estudio a fin de que podamos guardar y legar a las siguientes generaciones, al menos, una parte de lo que ha sido el hombre desde sus manifestaciones más tempranas, hasta el momento por el que se encuentra actualmente transitando.


Seguramente muchos coincidirán con lo anterior, sin embargo, debemos insistir en que la pregunta para qué, inherente a cualquier reflexión de carácter ético valorativo, así como su respectiva respuesta, estarían incompletas sin la vinculación con la sociedad, sus problemáticas actuales y lo que debe o no hacerse con el conocimiento adquirido. De ahí, en parte, que la crisis que actualmente vive la arqueología mexicana desde finales de la década de los 70s y principios de los 80s, que también refleja la existente en otros sectores de nuestro país, se haya agudizado. “Esta situación no mejorará mientras el gran público no sepa que es lo que puede demandar de la arqueología, y contribuya entonces con el arqueólogo en la conservación del patrimonio, exigiendo con él condiciones más favorables de operación para la arqueología” (Gándara, 1995).

Protección del patrimonio arqueológico
La situación que desde hace décadas se vive en nuestro país y en otros de Latinoamérica y el mundo, hacen que la protección de lo que consideremos como patrimonio cultural arqueológico sea, actualmente, vista como una prioridad. La razón es muy simple: si no existe una preocupación por conocer y proteger nuestro objeto de estudio, en sólo unas décadas este dejara de existir.


Antes de continuar debemos detenernos un momento en este concepto que, en realidad, se compone de otros dos. El primero, el de patrimonio, ha llegado a constituirse como una parte indisociable del quehacer de las disciplinas antropológicas e históricas y, en el caso concreto del concepto de arqueología, su principal ―mas no único― ámbito de competencia resulta ser precisamente lo que entendamos como lo arqueológico.


De esta forma, previo al desarrollo de los lineamientos correspondientes al aspecto valorativo de esta disciplina dos conceptos se vuelven básicos: arqueología y patrimonio. A pesar de que su definición y desarrollo responderán, la mayoría de las veces, a diferentes tradiciones académicas e inclinaciones teórico-metodológicas, es necesario que se cuenten con puntos en común y sean vistos como parte del corpus conceptual del arqueólogo.
En términos amplios el Diccionario de la Real Academia Española (2002, en su versión en línea) define al patrimonio como:

Patrimonio.
(Del lat. patrimonĭum).
1. m. Hacienda que alguien ha heredado de sus ascendientes.
2. m. Conjunto de los bienes propios adquiridos por cualquier título.
3. m. Conjunto de los bienes propios, antes espiritualizados y hoy capitalizados y adscritos a un ordenando, como título para su ordenación.
4. m. patrimonialidad.
5. m. Der. Conjunto de bienes pertenecientes a una persona natural o jurídica, o afectos a un fin, susceptibles de estimación económica.
~ nacional.
1. m. Econ. Suma de los valores asignados, para un momento de tiempo, a los recursos disponibles de un país, que se utilizan para la vida económica.
~ neto.
1. m. Econ. Diferencia entre los valores económicos pertenecientes a una persona física o jurídica y las deudas u obligaciones contraídas.
~ real.
1. m. Conjunto de los bienes pertenecientes a la corona o dignidad real.
constituir ~.

Esta definición, aun es sus diferentes significados o acepciones, enfatiza aspectos del patrimonio básicos como:


1) Un conjunto, ya sea de bienes, valores o recursos;

2) Adquiridos o apropiados en un tiempo determinado;

3) De manera individual o colectiva.

Ahora bien, si definimos a la arqueología “de acuerdo a su significado etimológico, de las raíces arqueos, antiguo; logos, tratado; e ia, ciencia, generalidad, diríamos que es la ciencia o disciplina que trata del estudio de las cosas antiguas” (Martos, 2002). Sin embargo, esta no denota del todo lo que es esta disciplina científica o lo que en términos formales podemos considerar como lo arqueológico. Manzanilla y Barba (2003: 13) proporcionan una definición más completa en este sentido:

La arqueología es una ciencia social que estudia a las sociedades humanas y sus transformaciones en el tiempo. Es una ciencia histórica porque investiga el pasado del ser humano. Forma parte de la antropología al estudiar al ser humano como un ente social y su influencia sobre el medio.

De esta forma entendemos que el patrimonio arqueológico abarca todo aquel conjunto de bienes o recursos sincrónicos y anacrónicos; adquiridos o apropiados en un tiempo o espacio determinado, ya sea de manera individual o colectiva por algún grupo social, nación, etnia o minoría. Este, lo asumen como propio, como parte de su historia, herencia cultural y al cual le asignan un valor. Esta valoración hace que se busque su conservación y permanencia con la intención de transmitir a este, y su significado(s), a las siguientes generaciones.


Sin embargo, debemos notar que en virtud de los extremos patrimonialistas y difusionistas alcanzados durante la construcción de los estados nacionalistas de finales del siglo XIX y principios del XX y tras las crisis acaecidas a raíz de los conflictos bélicos del siglo pasado, el patrimonio cultural, incluido en este el arqueológico:

[…] no sólo va a tener que resignificarse, sino que, de igual manera revalorizarse desde las múltiples perspectivas y esto significa una ruptura con el mito fundador de los países y, muy posiblemente, una transformación de la noción de pertenencia e identidad para aquello que sobreviva de la antigua forma de ver los estados nacionales” (López, 2002: 166).


Si bien consideramos acertada la opinión del autor arriba citado y, en verdad, actualmente queda cada vez más lejos la función patrimonialista de la arqueología su práctica, e intereses a los cuales sirve, también podrán ser múltiples. A su vez, lo anterior presupone que al contar con diversas significaciones se corre un mayor riesgo de incurrir en acciones que rayen con la ética profesional, lo que hace extremadamente necesario que el arqueólogo reflexione, defina, y ponga en práctica los principios y valores que guían o deben guiarlo cotidianamente.


Teniendo como base las tres grandes áreas que abarca la labor del arqueólogo es posible ver en el desarrollo cotidiano de esta disciplina más que una retroalimentación, una tarea de carácter holístico. Las decisiones que tome el arqueólogo incidirán directa o indirectamente en las diferentes áreas que componen su labor cotidiana (Figura 1). Pongamos como ejemplo lo que sigue.

 

Figura 1.Las tres áreas básicas del quehacer arqueológico >>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>

 

En un escenario ideal un arqueólogo puede, por ejemplo, tener como principal actividad la investigación. El resultado de ésta puede ser transmitido a través de sus clases, conferencias, informes, publicaciones, etcétera y de esta forma contribuir, aunque de manera indirecta, en la protección del patrimonio arqueológico. Sin embargo, dicho sea de paso, esto último puede darse desde el comienzo de su investigación ―si es que se tiene como objetivo principal― sin tener que pasar necesariamente por la difusión, ya que esto es decisión de cada profesional.


Ahora bien, si el investigador no da cuenta de su trabajo por ningún medio se encuentra obstaculizando la difusión, y con esto probablemente la protección del patrimonio; incidiendo nuevamente en la investigación, sin generar debate, ni discusión, ni avance.

Sobre los códigos de ética
La ética es una disciplina científica que estudia la bondad o maldad de los actos humanos. Esta constituye un saber para actuar y, a diferencia de la moral, estudia lo que Gutiérrez (1981) denomina como lo normal de derecho, o sea, lo que debería ser y no lo que generalmente pasa (normal de hecho).


Así, cuando hablamos de la arqueología en Teotihuacan y abordamos aquel episodio en que se nos dice que a principios del silgo XX Leopoldo Batres empleó dinamita para liberar parte de la Pirámide del Sol, vemos que desde la moral ―lo normal de hecho― se estaría juzgando este acto tomando en cuenta que los explosivos eran empleados en esa época en Egipto, el Mediterráneo, y otras partes del mundo, pues era la forma de hacer arqueología y, en última instancia, lo correcto en el momento. Por otro lado, desde un juicio ético lo normal de derecho reprueba tal acción puesto que no fue la metodología más científica y rigurosa para comprender el proceso de deposición de dicha estructura.


Ejemplos como el anterior podemos encontrarlos cotidianamente y en abundancia, de ahí la necesidad de sumarnos a las discusiones de carácter ético-valorativo y a los esfuerzos que en este sentido han venido realizándose. Estas no son nuevas, ya que podemos encontrar trabajos al respecto desde por lo menos la década de los 70s. Sin embargo, el número de publicaciones existentes así como el espacio que generalmente se les destina en congresos, simposios, coloquios, o reuniones de algún otro tipo entre especialistas, aún son limitados.


Antes de abordar algunos códigos de ética es necesario hacer un pequeño paréntesis para señalar que la ética se ha trabajo desde múltiples perspectivas filosóficas; no es nuestra intención hacerlo en este trabajo, pero si el señalar que algunos investigadores consideran pertinente hacer congruente su postura filosófica con la posición teórica que asumen. No creemos que esto sea incorrecto, el riesgo se encuentra en confundir aspectos de la ética con la moral o nuestra propia ideología[3].


A pesar de lo anterior, existen asociaciones de especialistas que han llegado a concretar algunos puntos de convergencia sobre lo que implica ―desde su posición―una práctica arqueológica éticamente correcta.


A diferencia de lo que puede llegar a pensarse un código de ética no funge como lo haría un reglamento o una legislación; implica una serie de principios que deben ser asumidos por quienes profesan o desempeñan determinada actividad. Para nosotros constituyen más bien aspectos inherentes a una acción o praxis concreta que, en teoría, no deberían ser aclarados o recordados, de ahí el hecho de que se les conozca como códigos.


El código de ética del Archaeological Institute of America (AIA)[4] de 1990, aunque breve, destaca puntos medulares del ejercicio profesional tales como la investigación, que debe llevarse a cabo bajo la supervisión de personal capacitado; publicación (o divulgación) de la información obtenida. También, la protección de lo que denominamos como patrimonio arqueológico reconociendo lo estipulado por la Convención de la UNESCO de 1972[5]. Sin embargo, a pesar de que es posible inferirlo a través de sus lineamientos, un aspecto que llama nuestra atención es que no se hace explícito el reconocimiento de legislaciones nacionales o locales en materia arqueológica.


A su vez, este código posee un apartado de estándares profesionales (Code of Profesional Standards), es decir, lidia con la conducta profesional: manejo y destino final de los materiales arqueológicos, plagio entre investigadores, uso y manejo de la información, publicaciones, metodologías acordes a los proyectos de investigación y el impacto ecológico de estos; las relaciones superior-subordinados, discriminación, acoso, seguridad social, etcétera.  


También de interés resulta el código de ética de la Sociedad de Arqueólogos Profesionales (The Society of Professional Archaeologists) de 1995. Este resalta aspectos del mismo orden; las responsabilidades con el público, minorías, así como la divulgación y manejo responsable de la información. Al igual que el AIA, reconoce los términos de la UNESCO para la protección del patrimonio cultural además de reconocer legislaciones locales en materia arqueológica. A su vez, contempla estándares institucionales para la investigación, (principalmente en aspectos de infraestructura y mobiliario) y capacitación de estudiantes para la investigación en este campo.


El código de ética de la Society for American Archaeology de 1996 cuenta con ocho principios. Estos básicamente versan sobre la responsabilidad del arqueólogo con la sociedad, la administración de los recursos a su disposición; propiedad intelectual, publicación de investigaciones e informes de trabajo, conservación de los materiales obtenidos a través de la excavación, educación al público en general, y respeto de la herencia cultural de los grupos o minorías con los cuales trabaje.


No constituyen puntos novedosos, pero nos hacen ver como en verdad, independientemente de la posición o inclusive nacionalidad del investigador, puedan conciliarse algunos puntos a fin de poder hacer frente a los nuevos retos y situaciones político-sociales que actualmente imperan.


Tras haber realizado esta breve revisión procederemos a enumerar los aspectos que consideramos, no pueden faltar en un código de ética que pueda ser adoptado por los especialistas que ejerzan a disciplina en México.

1) Conocer y respetar las cartas, acuerdos, recomendaciones, legislaciones y/o reglamentos existentes que para la práctica arqueológica existan en la ciudad, país, o nación donde se desempeñe[6].


2) La constante actualización y refinamiento de sus técnicas de trabajo a fin de causar la menor cantidad de destrucción y alteración a su objeto de estudio.


3) Contar y/o desarrollar la personalidad, capacidades cognitivas, perfil académico y disposición necesaria para llevar a buen término su labor diaria y con la mayor competencia posible.


4) Fomentar, emprender, y/o incursionar en proyectos, estrategias, o metodologías novedosas ―tanto interdisciplinarias como multidisciplinarias― encaminadas a la protección del patrimonio arqueológico y que involucren de manera estrecha la participación de las localidades o comunidades próximas a los sitios de interés arqueológico[7].


5) Respetar el patrimonio de las comunidades con las que trabaje.


6) Evitar la promoción directa o indirecta del saqueo y tráfico de bienes arqueológicos.


7) Deberá llevar a cabo la investigación de su objeto de estudio siguiendo una metodología sistemática y rigurosa en virtud de los objetivos cognitivos[8] que deseé alcanzar.


8) Realizar investigaciones originales que contribuyan al desarrollo y avance del conocimiento arqueológico[9].


9) Dar cuenta, mediante informes, publicaciones periódicas, conferencias, etcétera, del avance y resultado de sus investigaciones.


10) Mantener una actitud constante de crítica y autocrítica al interior y exterior de la comunidad académica a la cual pertenezca.


11) Mantener una actitud constante de respeto al interior y exterior de la comunidad académica a la cual pertenezca, así como en su círculo inmediato de trabajo.

Discusión final

A través de este texto no pretendimos ser novedosos ni mucho menos exhaustivos, sino más bien sumarnos a las reflexiones que otros investigadores han realizado sobre este tema. La ausencia de un código de ética en una institución como el INAH, no sólo refleja su grado madurez, sino también la de sus practicantes. El debate para la adopción de uno debe continuar y hacerse explícito, en lugar de enmascararlo en textos redundantes y rimbombantes.

 

______________________________________________________

*Escuela Nacional de Antropología e Historia. Pasante de la licenciatura en Arqueología, impossible2cry@hotmail.com

 

Notas 

[1]En fechas más recientes la cantidad de proyectos arqueológicos encaminados a la gestión nos revelan una nueva etapa de la investigación arqueología, cuyos efectos y consecuencias a largo plazo deberán ser analizados con mayor detalle.


[2]Incluyendo en esta no solamente la que generalmente se asocia a los cenotes, lagunas y otros cuerpos de agua empleados por culturas antiguas, sino también la realizada en las embarcaciones y navíos contemporáneos.


[3]Un ejemplo de lo anterior lo representa el trabajo de González (2000). No desdeñamos propuestas de este tipo, puesto que su trabajo es uno de los pocos que existen y que, en última instancia, buscan hacer congruente sus fundamentos éticos con su posición teórica. Este autor no rechaza la búsqueda de un código de ética, pero para hacerlo es necesario contar con un buen ejercicio de crítica y autocrítica a fin de evitar envolverlo con nuestras propias ideas políticas, como ocurre en el caso del citado autor.

[4]Para una visión más detallada de este y los demás códigos de ética mencionados en el texto véase Vitelli y Colwell (ed. 2006) y Lynott y Wylie (ed. 2000).


[5]Es necesario destacar que este código y otros más no manejan, al menos de manera explícita, el concepto de patrimonio arqueológico, sino más bien el de antigüedades o recurso arqueológico (archaeological resource).


[6]Comenzando, por ejemplo, en el caso concreto de México, con las de índole más general como la Carta de Venecia u otras recomendaciones internacionales. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, Ley General de Bienes Nacionales, Ley Federal sobre monumentos y zonas arqueológicos, artísticos e históricos hasta las más particulares como, supongamos, la Ley de Asentamientos humanos, Desarrollo Urbano y Ordenamiento Territorial del Estado de Hidalgo.


[7]Por ejemplo, en colaboración con museógrafos, montar exposiciones, o museos comunitarios. También, con los municipios, emprender programas de arqueología urbana, etcétera.


[8]Ya sea, en el sentido empleado por Gándara, (1993) la descripción, explicación, comprensión (o interpretación), narrativa, o glosa.

[9]Es decir, evitando el plagio o autoplagio.

Referencias citadas

Bunge, Mario
1960 La ciencia, su método y su filosofía. Ediciones Quinto Sol, México.

Gándara Vázquez, Manuel
1993 “El análisis de posiciones teóricas: aplicaciones a la arqueología social”. En: Boletín de Antropología Americana. No. 27, México, Julio-1993.


――1995 “La arqueología mexicana: una proyección al futuro” En: Antropología mexicana: proyección al futuro, 1987 XX Mesa Redonda Sociedad Mexicana de Antropología, Instituto de Investigaciones Antropológicas, México.

González Quezada, Raúl Francisco
2000 “Ética de la arqueología”. En: Boletín de Antropología Americana. No. 37 Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México.

Gutiérrez Sáenz, Raúl
1981 [1968] Introducción a la ética. Editorial Esfinge, México.

López Aguilar, Fernando
2002 “La noción de patrimonio entre lo local y lo global, una mirada al patrimonio cultural arqueológico" En: Revista de Arqueología Americana, No. 21, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México.


―― 2008 “Arqueólogos y peritajes: un camino torcido” En: Perspectivas de la Investigacion Arqueológica III, Fernando López Aguilar, Walburga Wiesheu, y Patricia Fournier (Coord.), ENAH-INAH, Conaculta, México.

Lynott, Mark J. y Wylie, Alison (Editores)
2000 [1995] Ethics in american archaeology. The Society for American Archaeology, Washington D.C.

Manzanilla, Linda y Barba Luis
2003 La arqueología: una visión científica del pasado del hombre, La ciencia para todos, Fondo de Cultura Económica, SEP, Conacyt, México.

Martos López, Luis Alberto
2002 “Arqueología: la reconstrucción de la cultura” En: Ciencia. Vol. 53-Num. 4, octubre-diciembre, Academia Mexicana de Ciencias, México.

Real Academia Española
2002 Diccionario de la lengua española. 22a. ed. Real Academia Española, Madrid.
http://www.rae.es/rae.html

Vitelli, Karen D. y Colwell, Chanthaphonh Chip (Editores)
2006 [1996] Archaeological ethics, AltaMira Press, Walnut Creek.

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