80 años del Instituto Nacional de Antropología e Historia: una reflexión

Por Gustavo A. Ramírez Castilla

Llega el INAH a su octavo decenio en medio de una crisis sin precedentes que lo tiene al borde de su inoperancia; la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) en paro laboral; la Escuela de Antropología e Historia del Norte de  México (EAHNM) sin planta docente suficiente ni servicios de limpieza; la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), la más emblemática de las tres, formadora de decenas de generaciones de investigadores en el campo de la Antropología y la Historia, al borde del paro, con centenares de docentes contratados por hora/semana/mes, a sueldos irrisorios, sin paga desde hace más de un mes y con riesgo de no volver a ser contratados, por lo que decidieron manifestarse ampliamente a las afueras del Palacio Nacional, hecho inédito en la historia institucional. Desde diciembre pasado, se ordenó un feroz recorte de personal de los casi 1700 contratados que permiten operar el instituto a nivel nacional con plazas eventuales; a lo anterior hay que agregar que desde al menos el año 2014 se ordenó que dichas plazas se pagaran ya no por nómina (capítulo 1000); sino por contratos con factura o recibo de honorarios de por medio (capítulo 3000), lo que implica que a los de por si bajos salarios (entre 6mil y 20 mil pesos mensuales) que se pagan a profesionistas  altamente preparados- algunos de los cuales han laborado sin seguro social ni las mínimas prestaciones de ley por 40 años- , se les imponga una carga fiscal de IVA e ISR que se aproxima al 46% de las percepciones totales, situación que los mantiene en el umbral de la pobreza, y sin posibilidades de superación en todos los sentidos.

                Aunado a lo anterior, los sismos de septiembre de 2017, dañaron alrededor de 2500 monumentos históricos y algunos arqueológicos, que hicieron evidente la carencia de un plan de atención del patrimonio edificado del instituto para responder eficazmente a la emergencia, ya que además no se cuenta con suficiente personal capacitado en esta especialidad, a pesar de las trágicas experiencias que ha sufrido el país desde 1985. Adicionalmente, estos sismos dañaron gravemente los inmuebles de las oficinas centrales del INAH en ciudad de México, por lo que debieron ser desalojados, las oficinas se reubicaron a un alto costo para el presupuesto institucional, y aun algunos investigadores carecen de cubículos y laboratorios por lo que deben trabajar en sus casas. Cientos de monumentos afectados aún siguen endeblemente apuntalados, sin recursos suficientes para su consolidación, entre otras causas porque no se han podido cobrar todos los seguros por desastres naturales. Situación que se agrava debido a que por la alta siniestralidad y riesgos que implica para las aseguradoras, están decidieron elevar sus cuotas a una cifra impagable, por lo que los monumentos ya no están asegurados, lo cual que impedirá atenderlos en caso de nuevos desastres como el sismo de 6.6 grados registrado el 1 de febrero del año en curso, que encendió  otra vez las alertas.  Cabe agregar que a la fecha, no se han emitido criterios de intervención que garanticen la autenticidad de los monumentos restaurados, ni los límites académicamente válidos para dichas intervenciones, lo que agrava la situación ante la falta de experiencia y seriedad en este campo de los numerosos despachos privados contratados para tal fin, sin que haya además transparencia en los procedimientos de asignación ni en los montos.

                El INAH cuenta con poco más de 120 arquitectos y cerca de 900 investigadores de diferentes disciplinas, que son insuficientes para atender los casi 50 mil sitios arqueológicos y más de cien mil monumentos históricos registrados, sin que se haya conseguido obtener más plazas para ampliar la capacidad de respuesta. A lo anterior se agrega que la edad promedio del personal calificado rebasa los 60 años de edad; por lo que muchos no están en condiciones de realizar trabajo de campo.  También debe señalarse que un porcentaje nada despreciable, carece de titulación o posgrados, ni qué decir de participación en el sistema Nacional de Investigadores (SNI). Tampoco se ha impulsado un programa de superación académica, ni capacitación o actualización en el uso de nuevas tecnologías, ni desarrollos teóricos o metodológicos, lo que nos mantiene a la zaga en el concierto internacional.

                Los 31 Centros INAH que son la representación del Instituto en cada Estado de la República, se encuentran en condiciones sumamente precarias.  Con pocas excepciones, normalmente son inmuebles rentados o en comodato, van desde casas habitación no aptas para oficinas hasta edificios históricos en estado ruinoso, con serios problemas de humedad, filtraciones y grietas. Carecen en general de cubículos, laboratorios o almacenes de bienes culturales, por lo que se improvisan espacios de trabajo en espacios alquilados, prestados e incluso en viviendas particulares. Generalmente el instituto no invierte en su conservación, y en algunos casos las restauraciones son pésimas, dando un mal ejemplo a los particulares a los que sí se exigen altos estándares para la intervención de sus propiedades, dejando mal parado al INAH. Los representantes federales del INAH, directores o delegados como se les suele nombrar, desde hace décadas son, por lo general, personas ajenas a la labor y trayectoria del INAH, por lo que carecen de compromiso e interés con la noble misión del instituto hacia el patrimonio cultural que intenta proteger;  la mayoría carecen del perfil profesional acorde a la alta responsabilidad del cargo, se ha tenido un espectro amplio que abarca desde veterinarios, “para la bola de animales”, ingenieros pesqueros, “para ver que pescan”,  algunos agrónomos, pues también hay “algunos que cultivar”, abogados “para los transas”, médicos, maestros; no han faltado también arquitectos, arqueólogos, antropólogos e historiadores entre otros que aun siendo de casa han pateado el pesebre, y los que aun siendo de casa o externos han hecho un gran trabajo y dignificado el papel de la institución.  Los ha habido alcohólicos y adictos a otras sustancias, acosadores, ladrones y violentos y uno que otro beato. Algunos han transitado por meses y otros pocos se han eternizado en el cargo, induciendo el letargo y olvido del compromiso social. El fenómeno se repite en la alta burocracia institucional.

                Desde que se instauró en el gobierno federal la tendencia neoliberal, la desregulación del mercado y la simplificación administrativa en la década de 1980, se ha buscado incluir a los monumentos arqueológicos e históricos en el mercado turístico; primero con obras que los hicieran más atractivos y de fácil acceso a los touroperadores, y desde el año 2000 en que se estableció la visión empresarial, abriéndolos a la explotación comercial directa a través de su uso como escenarios de espectáculos musicales, de luz y sonido, de parques de diversión. Incluso se intentó que la red de museos y tiendas del INAH proveyeran de utilidades que justificaran su existencia, so pena de cerrarlos como en efecto sucedió con las tiendas de libros y reproducciones. Aunque el programa Pueblos Mágicos no era operado por el Instituto, sí intervenía en los proyectos de conservación señalando criterios; sin embargo en la gran mayoría de los casos se optó por la discrecionalidad que permitió la reconstrucción de edificios, la alteración de sus valores históricos y la invención de tradiciones quesque para hacerlos más mágicos y atractivos. Pasaron de Pueblos Mágicos a Pueblos Trágicos que hoy son una desgracia nacional.

               Con la creación de la Secretaría de Cultura, que sustituyó al CONACULTA, el INAH vino a menos. Se rompió el vínculo histórico entre educación y cultura que justificó la incorporación del instituto a la SEP en la visión vasconcelista que sostuvo magramente el gobierno de la revolución por décadas, porque perdió sentido en el discurso del gobierno nuevo empresarial.  Dado que los especialistas del INAH han sido un obstáculo para el jugoso negocio del show bussines, se buscó desestabilizarlos al cambiarlos de patrón y de este modo tener que desaparecer los sindicatos tradicionales, desligarlos del poderoso Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación (SNTE) e inducirlos a un caos organizacional que los hizo pequeños, débiles y hasta cierto punto contrarios, o al menos con puntos de vista diferenciados y exacerbados. Aunque el malévolo plan no se salió del todo con las suyas, pues los sindicatos se han venido fortaleciendo al luchar por causas comunes, como la defensa de prestaciones que la federación se ha negado a reconocer; pero que ha pagado por acuerdos desde hace varios años. Hoy esa lucha se hace más significativa, al sumarse los contratados a un movimiento general, que comienza a despertar conciencias de voces que se mantuvieron prudentes.

A la fecha el INAH carece de un verdadero proyecto con visión de futuro que le de viabilidad por muchas décadas más. Se encuentra sumido en una crisis, pero las crisis no necesariamente son negativas cuando de ellas surge algo nuevo, mejor. Como el bosque que se incendia para renovarse, o las crecidas que abonan nutrientes para una mejor cosecha. Tal vez, como el ave fénix, de nuestras cenizas seamos capaces de remontar el vuelo revitalizados.

El INAH llega hoy a sus ochenta años como cualquier gente de su edad; achacoso, necio, un poco torpe en su andar, desmemoriado y cansado, muy muy desgastado, con serios conflictos; pero más sabio que cuando empezó, con una gran e inigualable experiencia. En la suma de sus miembros se acumulan miles de años de conocimiento y saber.  En su larga trayectoria acumula descubrimientos que han maravillado al mundo, obras que iluminan las jóvenes mentes, historias que desvelan los misterios de nuestros antepasados y coetáneos, el rescate de obras maestras y grandiosas edificaciones; trabajos que se han logrado con el esfuerzo y sacrificio inmenso del amor a la camiseta, arriesgando e incluso dando la vida en el cumplimiento del deber. Eso no es poca cosa.  El INAH es una institución, pero no un ente abstracto, lo conformamos miles de trabajadores y funcionarios que, aun con nuestras contradicciones,orgullosos ostentamos su emblema, el Nahui Ollin, el cuarto movimiento, ¿será la cuarta transformación que aún no nos alcanza? ¿O será que somos nosotros quienes debemos iniciarla?         

 

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Comentario

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Comentario de Marcelo Paul Arruda Leiva el abril 10, 2019 a las 3:51pm

Creo a mi humilde entender los institutos que alrededor de el continente son la punta de lanza para encontrarnos con el pasado y entender adonde vamos y llegamos nos enseseñan que eel cielo es el limite ,que como herederos de una rica cultura hispanoamericana debemos cultuarla hasta  lomas indescible creciendo como un todo a lo largo del continente muy buen articulo.

Comentario de Gustavo Ramirez el febrero 5, 2019 a las 4:15pm

Estimado Fermín, muchas gracias por tu comentario, aunque aún estoy lejos de ser sabio, al menos he acumulado una experiencia y valor para expresar lo que pienso. Sé que no es nada nuevo, pero estamos en una franca decadencia donde o nos renovamos o morimos, porque nuestro quehacer es cada vez menos relevante para el gobierno, aunque no para la sociedad. Hay que seguir luchando por ser escuchados. Te mando un gran abrazo hasta le hermosa Baja California Sur, que me ha cautivado.

Saludos.

Comentario de Fermín Reygadas Dahl el febrero 5, 2019 a las 2:29pm

Dura critica colega, pero realista.

Felicidades a los que han entregado su sabiduría y trabajo para que podamos comprender la dimensión de nuestro pasado cultural.

Un fuerte abrazo desde Baja California Sur, "el otro México", como lo describió Fernando Jordan. 

Arqlgo. Fermín Reygadas Dahl

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