Beatríz Barba Ahuatzin: abre camino en la antropología.

Abre camino en la antropologia
YANIRETH ISRADE / Publicada el 09/02/2014 05:20:44 a.m.

 
Le dijeron "fanática intransigente" cuando se atrincheró en Moneda 13 para impedir que la Secretaría de Hacienda ocupara el antiguo Museo Nacional de Historia y Etnografía.

Foto: Gustavo A. Ramírez C. 2011.

Beatriz Barba Ahuactzin (DF, 1928) era pionera de la arqueología –primera mexicana con título en la disciplina–, pero el Oficial Mayor de Hacienda, nieto del educador Justo Sierra, estaba furioso con la investigadora y sus compañeros del INAH porque no entregaban el inmueble del Centro Histórico.



Era el apogeo de los años 60. Se había estrenado el Museo Nacional de Antropología, al que trasladaron las colecciones de Moneda 13. Hacienda asignó recursos para la construcción del nuevo recinto y esperaba, según un acuerdo con la Secretaría de Educación Pública, usar el viejo museo, que suponía vacío, para instalar oficinas.



"Hubo una junta general y decidimos dar un golpe maestro: ocupar todas las vitrinas y dar la impresión de que el museo ya estaba montado", cuenta Barba Ahuactzin.



Cuando Justo Sierra III llegó para conocer los espacios que aprovecharía Hacienda, no encontró el sitio desmantelado.



"Pensábamos que sonreiría, que haría bromas y nos pondría una fecha de entrega, pero se enojó mucho y nos dijo con voz indignada que éramos culturalmente alevosos porque no podía desmontar un museo, no lo haría nunca por la tradición de su familia".



Sierra se encontró luego al director del INAH, Eusebio Dávalos, cómplice de sus investigadores, y le dijo: "Ya vi que no me van a entregar lo prometido, puso usted a dos fanáticos intransigentes al frente de todo esto".



Uno era el fallecido abogado Julio César Olivé; la otra, Beatriz Barba Ahuactzin, investigadora emérita del INAH, hoy de 85 años, con 63 dentro de la institución que la formó como arqueóloga, antropóloga, etnóloga y museógrafa. Se especializó en esta última materia tras el "golpe maestro" en Moneda 13.



De aquel museo improvisado –reunía por ejemplo un penacho masai junto a un escudo samurai, un plato y un florero Ching junto a un penacho de guacamaya brasileño– surgió el Museo Nacional de las Culturas, uno de los más importantes de México, encabezado en sus inicios por Olivé, con Barba como subdirectora durante 13 años.



Ambos investigadores compartían, además del título de "fanáticos intransigentes", los primeros registros como antropólogos en la Dirección General de Profesiones, pues pelearon por el reconocimiento oficial de la carrera.





Hogar de dragones



El nombre de Beatriz Barba suele también publicarse con los apellidos de su marido, el arqueólogo campechano Román Piña Chan (1920-2001), padre de sus tres hijas.



El hogar fundado por dos estudiosos de la antigüedad no alberga, sin embargo, piezas arqueológicas o réplicas prehispánicas, al menos no en la sala, donde la investigadora, abrigada con suéter, chamarra y guantes conversa en el centro del sofá principal.



Por las cortinas del ventanal se desliza un sol que poco a poco la descongela.



Las repisas exhiben esculturas de otras latitudes, como un caballo chino –su favorito– dragones, serpientes, una Venus de Willendorf, un buda o divinidades egipcias.



A los dioses, aconseja, habrá que preguntarles por qué esta viejita todavía puede trabajar, cuando hay gente mucho más joven que se ha retirado por conflictos con la salud. Los años abonaron lentitud a sus movimientos y a sus palabras, pero los ojos arden, como cuando se acuerda que toda la nación celebraba su cumpleaños el 16 de septiembre.



"Mi abuelo me llevaba cada año al desfile, decía: 'mira m'ijita, estos señores están desfilando para festejar tu cumpleaños'. Me daba las apenadas de la vida. Me avergonzaba que perdieran el tiempo en mí, que hicieran esos desfiles tan bonitos".



Beatriz Barba de Piña Chan se ha interesado lo mismo por la brujería y la magia, que por las clases sociales en la capital o los esqueletos de los niños, deformados por no disponer de mobiliario adecuado en las escuelas, tema al que dedicó su tesis "Un problema escolar: el mobiliario" (1953).



Observó las espaldas lastimadas de sus alumnos cuando fue maestra normalista en la Ciudad de México, antes de estudiar arqueología gratuitamente en la Escuela Nacional de Antropología e Historia –la ENAH, fundada en 1938– donde enseñaban "genios", recuerda, varios procedentes del exilio español.





Florecitas tiernas



"Casi nos aplauden a las pobres cosas que íbamos llegando; era una escuela chiquita la ENAH. Lázaro Cárdenas abrió la puerta para muchisísimos de los genios de España, que enseñaban en grupos de tres o cinco personas. En los grupos en que se caían las ramas de tantos que eran, se contaban 11".



Menciona, entre otros maestros, a Pedro Armillas, Pedro Bosch-Gimpera y Juan Comas.



"Como no habían venido por contrato o porque se les mandara traer, sino porque huían de la guerra, entonces el trato con nosotros fue de amigos no de profesores. Eran verdaderos sabios que nos trataban como iguales".



Era poco femenino estudiar arqueología o antropología en los albores de los años 50. Antes del 53, las mujeres ni siquiera votaban en México.



"Ya era tiempo de que la mujer participara en la problemática nacional. Ya no era la florecita dulce y tierna que sale con los zapatitos del señor a ponérselos para que descansen sus piececitos; queríamos ser verdaderas compañeras para discutir los problemas que habíamos estudiado".





¿Es verdad que no recibían órdenes de usted en las excavaciones?



Fue en Tlapacoya. Piña Chan me dijo que me llevara siete trabajadores para limpiar el cerro; a uno, muy cuidadoso, le encargó ayudarme mucho. Él no dijo nada, pero llegando al cerrito, habló: 'no me quiero quedar aquí'. Le pregunté por qué y respondió que no lo mandaba ninguna vieja. El profesor Piña Chan le puso una regañadota. Sí me ayudó después, y fue muy buen trabajador.





¿Ocurrió en otras ocasiones?



Una vez Piña Chan me dijo: 'tengo ganas de hacer un pozo bien profundo para rastrear culturas', me chupé los bigotes. '¡Yo lo hago, yo lo hago!', pedí.



"Lo hice como de 4 por 4 metros y encontramos materiales arqueológicos, tepalcates... no iba a salir una pirámide con su rey.



"Empecé a bajar con cierta rapidez, Piña Chan se asustó mucho cuando se asomó porque temía un derrumbe, estábamos a siete metros (de profundidad). Me dijo que no había ocupación humana, que lo dejara. Yo no quería, me habían costado mucho trabajo esos metros.



"Pero el señor, que no deja de ser el señor de la casa, también era mi jefe. Me negué a suspender y él dijo: 'quédate trabajando en el museo, vamos a clasificar cerámica'. Muy ingenua, que me lo creo. Al otro día, ya estaba cerrado el pozo. Estuve a punto de pedirle el divorcio, enojadísima, porque ya estaba saliendo prehistoria, unas hachas grandotas –abre los brazos–, y no quiso.



"Alrededor del pozo estaban las habitaciones de los sacerdotes de un templo prehispánico, nos entretuvimos con eso y nos olvidamos de la prehistoria".



Como fueron compañeros en la ENAH, la arqueóloga siempre se dirigió a su marido como Piña Chan. Él no le decía "Barba Ahuactzin", sino Beatriz. Años después, en 1984, Piña Chan resbaló durante unos trabajos en la zona arqueológica de Becán. La caída de un edificio le dañó la columna, no volvió caminar. Permaneció 17 años en silla de ruedas.





Recuerdos del 2 de octubre



"Van a decir que fue idea mía, ya estuvo", ataja la arqueóloga. No parece cómoda ante el asedio de la cámara, tampoco enumera hazañas. Rememora con discreción el refugio que el Museo Nacional de las Culturas ofreció a los estudiantes y a la población durante el movimiento de 1968; por ejemplo, cuando los tanques de Ejército patrullaban alrededor de Palacio Nacional.



"Olivé dijo que no iba a permitir que le hicieran daño al que vendía perones o zapatitos tejidos de 2 pesos; los metió al museo, los mantuvo callados y mandó comprarles tortas en la cantina de enfrente".



Llegó el 2 de octubre. Los trabajadores del museo durmieron allí para acompañar a los estudiantes que escaparon de la masacre. Beatriz Barba de Piña Chan sí fue a su casa en la noche.



"Al otro día, todo estaba en silencio. El 3 octubre parecía que no había nadie en el museo; haga de cuenta que era un convento. Poco a poco Olivé los fue sacando. Creo que mataron a muchos más de los que dijeron. Fue terrible, muy duro.



"Pero fuera de ayudar a estudiantes y vendedores no hicimos nada más. No había una pistola en el museo, ni para mostrar cómo eran los mosquetes españoles".





La historia en un jarrito



Los estudios antropológicos perfilaron un México portentoso, no aquel de indígenas supersticiosos, con dioses demoniacos que describieron los españoles en sus crónicas, advierte la investigadora, cuyo estudio, con volúmenes de piso a techo, la mayoría títulos arqueológicos, se emparenta con un recinto sagrado, por la devoción a los libros, pero también por la austeridad del espacio.



"La antropología ha puesto las cosas en su lugar. Era una alta cultura la que encontraron los españoles, pero la dejaron avergonzada de existir".



El complejo de inferioridad lo combate la instrucción, dice, el conocimiento del patrimonio sobre todo.



Bien lo sabe ella, que, cuando empezó sus estudios de arqueología, no comprendía cabalmente la relevancia de un "jarrito".



"Me preguntaba: '¿qué voy a hacer con un jarrito si tengo que hacer historia de México?'. A medida que entendía lo que significaba la artesanía, la tipología, la estratigrafía, me conmovía saber cómo cualquier rasgo, cualquier detalle cultural reconstruye toda una época".



Porque todo cabe en un jarrito sabiéndolo interpretar.
 
Fuente:am.com

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