Carta de un joven Arqueólogo en estos días.

El peso de nuestro pasado, la carne de cañón para una institución “vieja”.

Por Manuel Moreno Díaz, marzo 2009.

La gran cantidad de vestigios arqueológicos e históricos de este país México, es enorme, atestigua su basta historia y la variada riqueza de su pasado, de tal manera que no creo necesario abundar acerca de su importancia para nosotros como mexicanos, aun más allá, de su importancia para todos nosotros como seres humanos de este planeta.

Soy un joven arqueólogo veracruzano atraído hacia esta disciplina desde mi infancia, una profesión de la que creo tan digna y honrosa como cualquier otra, un trabajo de estudio, de verdadero interés por el pasado de los hombres que han pisado estas tierras muchos años antes que yo, que me ha dado tanto, que me ha ofrecido muchas gratas vivencias y enormes conocimientos; de lo cual resuelvo que no cambiaría mi trabajo por ningún otro, sincero, absoluto convencimiento de quien sabe ya, tras años a, que para esto pudo llegar hasta estos días.

Con tal sentimiento y franco gusto por el servicio, he tratado, como varios colegas míos, desempeñar las obligaciones varias consecuentes, inherentes a mi profesión, tecnicismos disciplinarios, laborales y organizativos artos que se escapan a mi memoria.

Sin embargo, debo agregar, empujado por las colmadas circunstancias actuales que de inmediato me rodean, que de no ser por las igualmente diversas satisfacciones personales de la arqueología y sus deliciosas sutilezas naturales que corresponden a su ejercer cotidiano, ya hubiese renunciado a toda ella. Y por qué habría de expresarme así, después de ovacionar tanto a mi profesión, habrán de preguntar; pues bien, respondo no queriendo parecer demasiado solemne, me disculpo si para evitar esto ultimo fallo irremediablemente, pues la manera más propia y genuina de mi espíritu no podría expresar con menos ahínco las penas que con estas letras ahora presento.

La desazón que refiero, que a muy pesar mío pude divisar tempranamente desde que decidí entrar a la carrera en la Universidad Veracruzana allá por el 96, ha sido, es y deseo ya no más, el gravoso abandono profesional de mi amada disciplina. Quizás eso resulte uno de esos temas extraños o desconocidos, colado y perdido entre el enorme mar de problemas, contrasentidos y discusiones que anegan hoy día las mentes de mi preocupado país, pero desde el ámbito en el que he tratado de desenvolverme, ha sido tan patente y claro que no tengo la menor duda de sus perniciosos efectos y de su lamentable peligrosidad.

Abandono profesional, suena muy grave, quizás crean se trate de un termino inflamado por mi experiencia, manchada por devenires malogrados o sobresaltos, pero me parece mas que idóneo, debo ahora explicar por qué. El arqueólogo en México, no lo se bien en otros países pero me gustaría saberlo mejor, pero al menos aquí, como se dice en mi ciudad, “batalla mucho” para poder ejercer sus actividades. Desde un principio, para todo aquel muchacho que decida optar por esta disciplina como la que habrá de regir su vida profesional, aun desde los núcleos más queridos como lo es su familia, lo colman de malos prospectos de trabajo, pésimos pronósticos económicos o augurios de desempleo desalentadores, tal vez no deba decirlo, pero aun en las aulas tuve la oportunidad de escuchar la sugerencia de alguno de mis profesores, que debimos escoger otra carrera, o que al salir no esperemos buenaventura, al menos no inmediata, y en el mejor de los casos, que deberemos de trabajar mucho… pero vendiendo tamales o gelatinas en lo que se resuelve qué será de nuestro futuro; no los culpo, pues decían la verdad.

Aunque no veo en absoluto nada negativo con vender estos u otros alimentos, como de hecho lo hice, creo que ninguno de mis compañeros estudiantes hubiésemos querido escuchar tales manifiestos a nuestra futura carrera. Sin embargo, tal ves ayudado por ese espíritu libertador del latinoamericano, tan acostumbrado a lucir destrezas que les eran desconocidas de las adversidades, que en realidad he podido ejercer, teniendo en realidad mucha suerte, verdadera suerte, en trabajar de lo que quise estudiar. Con pausados y relativos periodos de desempleo, he podido participar en varios proyectos arqueológicos de los cuales estoy eternamente agradecido, por lo que he aprendido y por quienes he conocido en ellos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, esa incomoda percepción de mi disciplina, lamento decir, no se ha desvanecido, por el contrario, se me han presentado, o para decirlo mejor, me le he topado de cara infinidad de ocasiones, con varias de las causas que ahora veo, han propiciado precisamente esa funesta percepción. Causas múltiples, que tienen distintos orígenes pero gérmenes similares, como la desorganización, las pésimas costumbres institucionales anquilosadas, los vicios y malentendidos laborales, la desidia profesional, la ignorancia real de las implicaciones arqueológicas, y otras que ya puntualizaré.

Lamentable para todos es la siguiente configuración de eventos, por todos vista, que actualmente impera en mi disciplina: nuestra historia y las únicas e irreversibles evidencias humanas del pasado de nuestro país descansan en manos de especialistas acreditados por instituciones específicas, algunos más o menos reconocidos, quienes forzadamente convocan a los únicos profesionistas disponibles, esta vez no acreditados salvo por la constancia escolar, tan maltratados y abandonados como nuestro caso, para efectuar el trabajo magro y sustancial de todos los informes, textos, publicaciones que por poco o muy loados que sean, casi nunca llegan a la mayoría de los mexicanos, esto son dos dilemas al mismo tiempo: el abandono de la mayoría de los arqueólogos laborando y los resultados poco conocidos de su trabajo, es decir, poca y mal aplicada difusión social.

Por no faltar a las costumbres de nuestra nación, malas desde luego, las cosas que desde fuera parecen justas y formales, son en realidad muy complejas, inapropiadas e informales, tal es el caso de los arqueólogos disponibles para participar en las ínfimas obligaciones académicas, de protección e investigación que nos exige la riqueza histórica de México, personas que han estudiado en las diversas escuelas de antropología del país con la intención de ejercer y que hacerlo resulta después de todo, simplemente cuestión de suerte, la mayoría de las veces.

Existe una institución dedicada al estudio, protección y difusión de lo arqueológico e histórico en México, el INAH, dependiente del CONACULTA. Los especialistas que en ella laboran tiene el deber de tratar estos temas, agotar los requerimientos de protección al patrimonio histórico y despachar los proyectos de trabajo en los que el INAH esta directamente involucrado y en aquellos en los que ha permitido su desarrollo o mantiene cierta supervisión. La normativa de esta institución su reglamento interno y en general todo aquel desempeño laboral que tenga que ver con estos temas, se encuentran fundamentados en la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos dictada en 1972 y en otros tantos documentos, reglamentos y arreglos de cooperación institucionales.

En lo que respecta a este punto, la historia de las competencias arqueológicas ha sido arto defendida por el INAH, haciendo hincapié en que solo con el auspicio formal del INAH, previo estudio de los proyectos, aval del Consejo de Arqueología y todas la burocracia del mundo, que los trabajos pueden iniciar. Esto incluye el detalle de que todo arqueólogo, pasante o titulado, puede solo ejercer con el aval del INAH, bajo ninguna otra situación, esto dictamina que aquellas empresas que estudien, restauren o afecten lo arqueológico, paleontológico o histórico deban atenerse a la plena observación del INAH, lo que no merece más explicaciones, así se asegura por un lado que todo ello esté irrestrictamente en manos de los especialistas, pero por otra parte también significa una reducción enorme a nuestras posibilidades de empleo pues supone sin remedio que nosotros los arqueólogos, no podemos ejercer más que con su permiso formal, a menos que te coloques como profesor, guía de turistas, o asesor disciplinario en algún organismo que no merezca mayor atención del INAH, dicha limitación no debería implicar ninguna queja, pues es lógico y hasta obligatorio que el patrimonio arqueológico e histórico sea plenamente tratado por la Nación, vía el organismo especializado a cargo únicamente.

Y sin embargo ello implica que nuestro ejercicio profesional se limite a las atenciones (desatenciones diría yo) del INAH en lo que a sus proyectos propios o avalados se refiere y en los cuales se hace necesaria e imprescindible la participación de todos los arqueólogos que de esta manera hemos tratado de salvar nuestras economías y persistir en nuestra hermosa carrera.

Con esto hago un llamado de alerta que describe las condiciones de muchos arqueólogos mexicanos actuales, mismos que en su desarrollo han de toparse con una infinidad de sinsabores a los que debe hacer frente si quiere permitirse ejercer, y para esto debo tomar mi caso como ejemplo.

Al salir de la Facultad me case, me separe de mis padres e inicié con mi esposa la consabida batalla de toda nueva familia mexicana; las expectativas de trabajo, como ya lo referí, eran muy malas, recuerdo que me acerque a los Centros INAH de Xalapa, del Puerto y al Instituto de Antropología de la Universidad, en los que simplemente encontré encargados que al recibir mis solicitudes se encogían de hombros. No oferta de trabajo, no proyectos en activo, deja los documentos y te hablamos, etc. Debo añadir con tristeza que mi propia escuela no ofertó para casos como el mío, vinculación alguna ni seguimientos útiles para egresados. Pasaron tres años en los cuales fui talachero, mecánico, bodeguero y cocinero, antes de que pudiese participar en un bello proyecto (en Guanajuato por cierto), de allí hasta la fecha he mantenido una participación regular en la arqueología.

En este tiempo me he topado con lo que en su principio tome como la irrecusable “normalidad” del trabajo arqueológico, detalles sospechosos que no agradan pero que deben salvarse para mantener el trabajo: una casi nula relación laboral directa con el INAH del cual se supone completa dependencia, trato directo con instituciones encargadas de las retribuciones laborales mismas que desconocen o hasta desprecian la incumbencia de la arqueología en sus labores, el contacto meramente informal de los arqueólogos acreditados con los no acreditados quienes son invitados a participar en sus proyectos de tan variadas maneras (es decir, te enteras de un trabajo por medio de lo que quiera contarte un amigo, un conocido y dependes de los comentarios que estos ofrezcan a los directores, los que no necesariamente reflejan criterios de eficiencia, conocimientos o aptitudes, soliendo pesar más los malentendidos, enconos, desprecios e insultos puramente personales). En mi carrera laboral he visto tantas irregularidades que me atañen profesionalmente que creo mi deber darlas a conocer, como parte de lo que se tiene que hacer para que el resto de nosotros sepa como la pasan una parte de los que hemos de trabajar en pro de nuestro patrimonio.

Ser contratados en proyectos arqueológicos en México, suele ser como lo he dicho, una suerte, además los detalles de la contratación en ocasiones son tan laxas, y debo decir también, a veces nosotros tan descuidados y necesitados, que los pasamos por alto, suele también carecer de importancia este descuido hasta que sus verdaderas implicaciones se hacen realidad; por ejemplo, si el contrato estipula el pago de honorarios (mismo que se negocia con las partes involucradas que aportaran lo necesario para el proyecto, quienes en la mayoría de las veces no toman en cuenta un tabulador oficial de lo que debe pagársele a un profesionista tan especializado), el arqueólogo debe tratar con esas partes exclusivamente, en ocasiones centros de estudios, institutos de cultura, municipios, empresas constructoras, etc, quienes suelen desconocer (o hacen pensar en eso) las implicaciones del trabajo arqueológico; en caso de honorarios no existen prestaciones elementales de trabajo, con lo que se puede suponer la orfandad en la que caemos al aceptar este tipos de trabajos, máxime si son los primeros empleos de nuestra carrera.

En los casos de pago por salarios las cosas no suelen ser distintas, por principio se debe saber que el INAH apenas cuenta con el presupuesto básico para cubrir sus propias necesidades, de lo cual se comprende no esperar una inversión relevante de la institución para el gasto que supone el trabajo arqueológico, he visto como incluso sus trabajadores mismos, arqueólogos con los que he tenido oportunidad de trabajar, adolecen la carencia de equipo mínimo de campo y oficina que en realidad me avergüenza reconocer.

Con esto no extraña la incapacidad del INAH para contratar arqueólogos por si misma (con el pago correspondiente a sus sueldos), cosa que en lo que cabe, siempre he constatado. Por ello la practica ha dictado que los únicos contratos reales se hagan a través de convenios de las partes involucradas que costearan el proyecto y el INAH, esto deja entrever que las figuras laborales de los arqueólogos que harán los trabajos se conciben como elementos autorizados por el instituto que da los permisos, y nada más; muchas veces, para un arqueólogo trabajador, tratar los detalles laborales, fechas, prestaciones, modos de pago, tiempos de trabajo y demás esenciales puntos del empleo debe hacerse directamente con quien corresponda, no con el INAH. Debo puntualizar que de manera oficial, todos los detalles anteriores deben ser convenidos en las extensas reuniones previas al ejercicio del proyecto entre el INAH (representantes legales, directores de proyecto) y las partes ejecutoras (repito, instancias de estudio, culturales, gubernamentales o privadas), pero suelen ser tratadas solo con el interés y el cuidado que le puedan poner los directores de proyecto o representantes legales del instituto, mismos que casi nunca se ponen de acuerdo en los números[1], prestaciones, etc., inclinándose a homologar los criterios sugeridos por las otras partes que en realidad habrán de pagar, si a caso forzándolas un poco para que inicien los trabajos de una vez.

Se vera entonces que el INAH, recurriendo a su mandato constitucional, a las facultades que le confiere su añeja y súper protegida legislación, solicita o debería decir, fuerza a las segundas partes involucradas en un proyecto futuro, acatar sus lineamientos de trabajo, no siempre bien meditados, so pena de no permitir el arranque o ejecutar sanciones económicas (las que por cierto casi nunca amedrentan a las compañías o empresas que llegan hacerse acreedoras). Con este proceder, tan a la usanza del viejo gobierno paternalista de hace tres décadas, no me extraña que el INAH posea tan mala estima entre los otros distintos sectores económicos del país, un país tan mal acostumbrado al burocratismo ineficiente y al sometimiento de procedimientos institucionales francamente tolerantes con el descuido, ritual del “a ver que sale” y el “ahí se va”.

Sin ir mas lejos, tengo en la memoria al menos dos casos consecuentes con todo esto que señalo, uno de ellos bastante reciente, lamentable si, pero vigente en estos días.

Primero: Desde el 2005 he participado eventualmente en los trabajos de rescate y salvamento del centro INAH Veracruz que tiene en colaboración con PEMEX, tocante a la exploración de nuevos yacimientos de petróleo que tanto ha enervado la conciencia social de México en los últimos años. Los convenios INAH-PEMEX se han tratado directamente con las compañías exploradoras, COMESA por poner un caso, misma que mantiene, a la par con otras extranjeras, una cobertura muy amplia del estado. Debo señalar el caso de mi compañero Olaf Jaime Riverón, excelente maestro de la especialidad y reconocido arqueólogo por sus trabajos de lapidaria olmeca en el sur de nuestro estado. El tuvo la suerte, pésima, de accidentarse en campo mientras recorría los acalorados lomeríos sureños cuando trabajaba en mayo de 2007 en uno de estos proyectos.

Como cualquiera de nosotros, el deseo de conocer el campo de los antiguos pobladores, reconocer sus sitios, sus caminos y la necesidad económica sin mas explicaciones, le llevaron a aceptar la invitación del empleo, sin embargo no se tiene la vida comprada, una grave insolación, sumada a la carencia de instrumentales básicos de campo, producto de un inicio de labores demasiado apresurada, propiciaron la desgracia: un estado de coma de 6 días y meses de recuperación que le dejaron cierta incapacidad.

Hubiésemos querido que los sistemas de rescate disponibles (solo ofrecidos por la compañía, altamente ineficaces) hubiesen servido para aminorar los efectos del golpe de calor pero tuvimos que responder con los únicos medios disponibles, por lo que no fue suficiente: la falta de entrenamiento de primeros auxilios, la inexistencia de comunicación, de pertrechos para supervivencia, fueron las consecuencias del descuido y la exigencia tanto del INAH como de la compañía por iniciar un proyecto a toda costa, con tan terrible resultado, quizás del tipo rutinario para la compañía que a leguas se nota, explota a sus propios trabajadores sin miramientos (la mayoría indígenas tabasqueños o chiapanecos, debo agregar). Las querellas sobre las causas y los responsables rebasaron la magnitud interna del asunto, algunos colegas reunimos fondos para su atención medica, la directora del proyecto tuvo a bien mover los medios necesarios para que sus cuidados fueran legalmente cubiertos por la compañía la cual, intentando minimizar los efectos colaterales del caso o liberarse de posibles imputaciones, acató responder de manera oficial, aunque mínima, con sus obligaciones laborales, no sin artos tramites y disensiones burocráticas verdaderamente agobiantes.

Como testigo me veo obligado a señalar que todo esto pudo haberse evitado con un detallado discernimiento de las implicaciones legales y técnicas del trabajo arqueológico antes de su aprobación y ejecución, tanto por parte de los representantes del INAH como de las otras partes involucradas, más aun del primero; con esto reflejo mi preocupación acerca del modo y los términos en que el INAH permite el desarrollo de proyectos “al vapor”, de una manera que se contraten arqueólogos y salgan a trabajar tan rápido que en ocasiones estos desconozcan todo lo mínimo para asegurar su labor y aun su vida. Me parece que una extraña costumbre de hacer las cosas, apresurada, descuidada, forzada ha imperado en los proyectos consentidos por el INAH por años, lo cual es altamente cuestionable e ineficaz. No me extraña, repito, la mala estima que esta institución tiene para el resto de la sociedad, los sectores energéticos como es el caso, donde se le ve como un obstáculo más allá que un requerimiento social-cultural que no debería ofrecer explicaciones. Por añadidura, las tardanzas burocráticas de los documentos que las empresas deben hacer ante el instituto aderezan esa mala imagen del mismo, como tediosa, eterna y problemática, ojo.

Por otra parte, me consta también que esa imagen popular, rural fundamentalmente, del arqueólogo expropiador, delator y encarcelador hace más difícil su propio trabajo, reflejo de una casi nula labor de educación social del INAH que se supone encargado de actualizar a la población de las funciones, de las necesidades de proteger el pasado histórico, así como de poner al corriente a todos de lo que verdaderamente se puede hacer, lo que no se puede y por qué, con esa amplia riqueza[2].

El compañero Olaf queda ahora con sus limitaciones azarosas, merced de las “ventajas” de su incapacidad laboral surtidas por ley que su trabajo tuvo por suerte ofrecer, gracias más que nada a la insistencia de la directora del proyecto quien, asumiendo parte de la responsabilidad, jamás pensó en abandonar. Pero para el INAH, de quien los arqueólogos nos sabemos dependientes, nada llegó, y es que por convenio, por contrato o por ley, nada lo obliga.

Segundo: Otro caso del que señalo no fui testigo, pero por lo que sabemos, me parece realmente grave, es el de Rita María León López, la cual fue ultimada a golpes de machete en febrero de este año al encontrarse trabajando en el salvamento arqueológico Los Cerritos de Orizaba, Veracruz, por un chico drogado. Aunque no fui testigo de esto, repito, parece que el mismo obedece a sucesos desafortunados agravados por las causas tan aberrantes que he estado señalando aquí.

Ella, pasante de maestría por la UNAM, afectada por el ataque desde luego, padece más aún, junto con sus familiares, del abandono legal. Los grandes gastos médicos son costeados como puede por la familia y en parte por el propietario del terreno en donde se ejecutaban los trabajos arqueológicos, por lo que deduzco se preparó un convenio de trabajo entre el INAH y los propietarios del terreno, posibles deudores del proyecto, pero las circunstancias de Rita hacen evidente de nueva cuenta la imprevisión del mismo, la falta de responsabilidades mínimas y esa molesta actitud desenfadada que el INAH tuvo por el caso, al menos de manera oficial.

Por esas fechas los requerimientos médicos habían lacerado la economía de la familia sin que hasta el momento se vea una respuesta mínima de apoyo institucional, al punto que los familiares han difundido el caso no solo por motivos de ayuda, sino como medio de alerta para un estado de cosas laboral que sufre nuestra profesión, tan importante para nuestro país y tan desapercibida al mismo tiempo. Creo que debe hacerse algo al respecto.

Mi apreciación al problema tiene como simpatizantes todo aquel colega con el que me he topado a lo largo de mi carrera, me refiero a los arqueólogos no trabajadores del INAH –aunque algunos de ellos si me han comentado al respecto- que se ven necesitados de trabajos varios para su subsistencia, como yo. Respeto el grado de importancia que cada uno otorga al asunto, esta va del breve comentario afirmativo sin más compromisos hasta los que en realidad lo denuncian con las consabidas consecuencias de señalamiento y marginación laboral; como no puedo tomar sus ejemplos por respeto a su propio albedrio, me remito a señalar su existencia como parte patente de los efectos negativos de ese abandono profesional que pienso ya he resumido aquí.

Cuantas veces he escuchado que fulanito o zutanita han sido vetados por el INAH por el hecho, según ilegitimo, de denunciar al instituto por no reconocerles antigüedad, ¿y pienso en andarme con cuidado? Cuantas veces he escuchado que un arqueólogo acreditado ha negado el trabajo a colegas desempleados porque en el mejor de los casos no estuvieron de acuerdo en detalles académicos, o en los peores porque ese arqueólogo acreditado acuso de robo a otro y han entrado en pesquisas judiciales, o se negó a tener encuentros románticos, o le han hablado mal de él negándole el beneficio de la duda, etc. juzguen ustedes.

Como habrán visto, el tema da para una consulta general con aquellos profesionistas que han trabajado en esta disciplina y pienso que la realidad podría ajustarse a esta que he presentado aquí, por añadidura debo recordar que el INAH, además de ostentar una imagen pésima de su trabajo y de su autoridad, presenta ante la población una muy mala reputación.

Respecto a las muestras de desprecio institucional que mantiene hoy este organismo, debo agregar que me ha tocado defender lo indefendible, al momento de buscar el beneplácito de las compañías para que me paguen un salario justo, o doten de materiales mínimos para mi trabajo, desahoguen los gastos esenciales o tan solo respeten mi profesión (lo que he tenido que hacer, a pesar de que eso solo debería ser trabajo directo de un representante oficial del INAH), o ya estando activo, en labores verme obligado a tener que explicar mi presencia, como si debiera explicar algo, con lo que entiendo se me hace presa de una discriminación profesional verdaderamente insultante (ya que resulto un buen ejemplo de cierta condición que para ellos no pasa de ser oportunista, que solo cobra por hacerse pato), y a pesar de esto debo hacer uso de la única institución que sé, me puede avalar, defendiéndola a ella, a su ley, debo a mi vez defenderme.

De paso debo agregar que resulta indignante y triste la anécdota vivencial que presencie, cuando empresas extranjeras enfrentan los trabajos arqueológicos mexicanos con mayor respeto e interés verdadero que las mismas empresas mexicanas, paraestatales o privadas, es vergonzoso.

Para terminar, solo debo dar fe que varios de los mayores textos de estudio e investigación, aun muchos informes con datos latentes muy importantes yacen en bodegas, bibliotecas y escritorios (los menos en estantes de ventas), gracias a especialistas varios de mi amada disciplina que sufrieron alguna vez esta situación, lo que en realidad pocas u nulas veces se conoce. Labor primordial del INAH, a la par del mantenimiento de los vestigios, sería la difusión de estos conocimientos y la puesta en valor de sus implicaciones ante el resto de la Nación, es ahora más que nunca, una labor de limpieza en la conciencia mexicana para que tome la verdadera y justa dimensión de su pasado, reconsiderando su real importancia como parte de la vida actual de esta sociedad moderna.

La parte específica de este escrito ha sido la poca importancia a los detalles primordiales del trabajo que muchos arqueólogos connacionales han sufrido por el intento de mantenerse fieles a su carrera, por demás, hermosa y noble. Pero la otra intención, percibida entre líneas, es el señalamiento de la institución encargada del patrimonio más importante de mi país, después del humano-poblacional y del biológico-natural creo yo; institución que ha dejado mucho que desear para quien le hemos seguido de cerca, errores si, como en cualquier otro organismo gubernamental, pero también omisiones, despreocupaciones y acciones que, como se ha visto, han tenido lamentables consecuencias humanas, y váyase a saber cuantas otras más que han resultado en el extravió del objetivo de su existencia: la salvaguarda de los bienes históricos no renovables de México.

Creo que no sería congruente solo apuntar y no proponer, pienso entonces que el diálogo debe iniciar, habida cuenta de que ello siempre es un proceso largo, tedioso e inundado de eternas discusiones agotadoras, alerto que el mismo deba comenzar de una vez, juntos los especialistas en activo acreditados por el INAH, los no activos o dependientes del mismo, los asociados a otras instituciones especificas de estudio, museos, centros de cultura, universidades, etc. para que se genere una consulta sobre el desarrollo del ejercicio profesional del arqueólogo mexicano actualmente, se recopilen datos y se generen resultados que pormenoricen la situación y sobre todo la percepción del tema por todos los involucrados.

Posteriormente deben discutirse los resultados y sus implicaciones, con lo que se exige una correspondencia de análisis y propuestas para cada problemática así detectada, por ejemplo:

a. Quizás generar una base de datos universal para las oportunidades reales de trabajo arqueológico en todo México, publicada en la página oficial del INAH[3] y actualizada a fondo con base en todos y cada uno de los organismos dedicados a manejar el tema arqueológico-histórico del país, como sistema de desahogo para las vacantes y solicitudes de trabajo del arqueólogo nacional, en esta se enlistarían los nombres de proyecto, responsables directos, otras instancias involucradas, tipos de trabajo especializado, tiempo del mismo, lugares, fechas, modos de contratación y links directos a las convocatorias[4].

b. La publicación de una hoja actualizada de cálculo para que todo especialista conozca sin errores su puntación profesional y por ende la categoría correspondiente, con una base salarial ajustada a tabulador oficial (por regiones y al día), acompañada del documento oficial sobre los criterios que se toman para la valoración de los puntajes[5]. Por otra parte, en los casos de requerirse una gama de salarios especifica inamovible (para presupuestos rígidos), deberá señalarse en las convocatorias como anotación especial para quienes acepten dichos empleos, es decir, con conocimiento de caso, explicando los motivos. Además, como sucede en otras profesiones, puede darse el caso de existir diferencias salariales que consideren primeramente el grado de responsabilidad dentro del proyecto, relativos a la experiencia o conocimiento específico dentro del mismo y segundamente la categoría profesional, la cual será tomada como la base salarial mínima, proponiendo un monto promedio e indicando los diversos salarios manejados.

c. Lo anterior supone la creación de una lista oficial de pasantes, licenciados, maestros y doctores en activo (no adscritos a la institución), misma que se actualizaría desde la primera vez que el individuo participe oficialmente en un proyecto cualquiera autorizado por el Consejo de Arqueología. Se formarían así archivos por individuo, actualizados cada vez que estos participaran en proyectos, en donde además del currículo, la categoría y las referencias de trabajo, deberá señalarse su condición actual: en activo (disponible o no según su última indicación) o pasivo (disponible o no según su última indicación). Dicha lista deberá tener una similar resumida para la consulta general en las paginas del los centros INAH estatales y en la página oficial, en dicho resumen se indica su estado actual, categoría y datos de contacto. Como la lista se actualiza con personal radicado en distintos estados, los centros estatales deberán llenarla respetando el origen indistinto de los individuos, para lo cual se debe crear una lista nacional manejada quizás por la Coordinación Nacional de Recursos Humanos, o el Departamento de Recursos Humanos Materiales y Financieros de la Coordinación Nacional de Arqueología. Nótese que esto es al margen de la actual bolsa de trabajo del servicio profesional de carrera mismo que se vería enriquecido grandemente con una base de datos tal, sobre todo al momento de considerar aspectos de importancia académica de los posibles candidatos a plazas internas.

d. Resulta evidente sensibilizar al instituto sobre de las necesidades que todo trabajador tiene al momento de ejercer, para lo cual se precisan reuniones de sus directivos con los demás especialistas, sean internos o no, y sus elementos jurídicos, a fin de dotar al organismo de una base legal ajustada a solventar todos los requerimientos e implicaciones laborales de los arqueólogos potencialmente activos, con la intención de acabar con esa orfandad en la que actualmente caemos muchos de ellos y que ha culminado en desgracias aberrantes. No es necesario explicar que dicha base legal no compromete directamente al INAH[6], pero serviría de fundamento para que todo convenio de trabajo acordado con el organismo considere de manera obligatoria dicha base para estipular y aclarar los detalles de los contratos: modos de pago, prestaciones, seguros, calendarios, cursos diversos según necesidades de campo, por mencionar lo que esta directamente relacionado con la integridad de la persona.

e. Los programas de difusión institucional deberían considerar, además de las visitas guiadas a zonas y museos, las pláticas del personal de los centros estatales a quienes los solicitan y las publicaciones, una serie de proyectos de difusión nacional de emisión regular en el que se haga amena la historia humana hasta el momento conocida del país y las regiones culturales mesoamericanas, presentando no solo los detalles de las historias, las investigaciones que generaron su conocimiento, como las implicaciones actuales de protección de su evidencia. Esos programas deberían emitirse en canales y horarios públicos de manera regular; considerando que mucho se resolvería paulatinamente con la plena dispersión del conocimiento arqueológico nacional una vez que la mayoría de la población se enterara de lo que le acompaña todos los días en casi todo el territorio mexicano.

Como se habrán dado cuenta, todo esto implica una revolución institucional[7] del INAH, no solo por las particularidades del tema, sino también para resarcir la mala imagen y el francamente pésimo desempeño protector del mismo ante el tamaño de la riqueza arqueológica e histórica de México que le rebasa, sería muy inocente no admitir que gran parte de este problema no tiene que ver con el reglamento y normatividad internos de la institución o con la mismísima Ley del 72, a la vista en parte obsoleta, pero al mismo tiempo advierto que una revisión de todas ellas exige la participación elemental de TODOS los implicados: arqueólogos, historiadores, restauradores, arquitectos, antropólogos, juristas o legisladores, así como representantes de los distintos sectores económicos y sociales del país, economistas, sociólogos, del ramo judicial, legal, turístico, clubes y patronatos, en general de desarrollo regional y nacional.

Acepto no ser el único en apuntar esta necesidad de cambio interno para el INAH, pero desde mi muy particular enfoque, los resultados de su trabajo y las consecuencias de ello obligan a presentarlo a la nación urgentemente de nueva cuenta. Estas consecuencias han dejado demasiados huecos y, como ejemplo de lo que me atañe ahora mismo, los dos casos arriba señalados, mucho dolor y una sincera desazón para los arqueólogos que hemos hecho de esta hermosa disciplina la columna vertebral de nuestra vida, tan bella y gentil con las ciencias del hombre, que verla manchada por los errores de antaño arrastrados hasta hoy, ya no me resulta sostenible, ya no.

Gracias.

De Manuel Moreno Díaz, marzo 26 de 2009, Xalapa, Veracruz, México.

E-mail: manmo3@hotmail.com, manmotres@gmail.com



[1] Por lo regular se trabaja con un tabulador en donde se marca el salario de los arqueólogos trabajadores con base en criterios que aun hoy no me han sido bien aclarados: grado académico, publicaciones a la fecha, experiencia laboral, etc., que se discuten individualmente por un grupo de arqueólogos de la institución llamado Comisión de Evaluación, sin embargo la mayoría de los examinados desconocemos el puntaje de nuestra experiencia, cuanto corresponde en salario ni que fundamentos se toman para dichas valoraciones. Por otro lado, para la elaboración de los proyectos ejecutivos, dicho tabulador supone un dolor de cabeza al momento de calcular los presupuestos, tocante a las partidas de gastos por conceptos de salarios, pues si desde un principio se deben especificar números, el resultado de la comisión de evaluación sería inútil si se atienen a la contratación de personal en las etapas previas al inicio del trabajo, o en los casos probables de salidas inesperadas de personal con categorías salariales diversas, lo que a su vez implica una variación del gasto por partidas salariales que suelen no ser bien aceptadas por las partes encargadas de los pagos.

[2] Resulta patente el concepto de ventaja, del “ahora es cuando” que el pueblo tiene al percatarse de que el INAH, alias “el gobierno” se ha interesado por un bien arqueológico o histórico local, véase la reacción: se solicitan caminos, escuelas, centros de salud, instalaciones sanitarias o eléctricas, tubos, puentes, tractores, y bla, bla, tan necesarios que de negárseles, el bien jamás será facilitado para nadie, ni fotos y menos para llevarse a un museo, díganme si no les recuerda esto al México de hace 30 años.

[3] Sin embargo, una página alternativa para llevar la lista de profesionales puede ser alterna a las del INAH, pero formalmente reconocida por esta institución, como por ejemplo la RMA Red Mexicana de Arqueología.

[4] Esta sugerencia apela a la especialidad del tipo de trabajo ejecutado por el arqueólogo, tema de trato exclusivo para el INAH, pero bien podría ampliarse a la base laboral de los sistemas estatales o nacional de empleo, mismos que, por agregar, en alguna vez varios colegas hemos pensado y tenido que consultar.

[5] Mismo creo deberá venir de una serie de discusiones formales en las que se consideraran no solo los elementos profesionales del sujeto (grado académico, cursos, participaciones, textos), sino sus aptitudes y conocimientos demostrados por experiencia o evaluaciones, resultados de trabajos anteriores reconocibles, (por ejemplo constancias laborales o específicas a un aporte particular en el proyecto emitidas por su director como medios de estímulo competitivo), por demás resulta importante y justo que tome en consideración la condición eventual de los tiempos de trabajo de los arqueólogos así contratados.

[6] Misma que ha demostrado por años y con creces ser incapaz de solventar económicamente, siquiera los primeros borradores de presupuestos anuales mejor pensados que apenas abarcarían parte del urgente propósito de estudio y protección al patrimonio humano nacional. Imagínese ahora teniendo que financiar en cada uno de los proyectos que les surjan, lo que de hecho en raras ocasiones hace, de manera mínima desde luego.

[7] Nada que ver con círculos de tres colores, hee.

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Comentario

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Comentario de Rodolfo Parra Ramirez el febrero 15, 2010 a las 2:54pm
Negro no termino de leer tu publicación Carne de Cañon, con sidero que pones el dedo en la llaga y que clareas un numero importante de inefisiencias burocrticas y de humanas que desafortunadamente han perjudicado, para toda la vida a dos arqueologos veracruzanos, me da gusto que le vantes la vos, que señales y subralles lo inoperante que resultan algunas etapas laborales de la arqueologia, pero tambien creeo que hacen falta propuestas y que asi, como tu, mas colegas expongamos nuestro trabajo y pensamientos.
Comentario de Alfonso Torres el febrero 6, 2010 a las 9:06am
Por cierto, si los datos anteriores son correctos y si podemos predecir con base en comportamientos anteriores, y si las condiciones del sistema no han mejorado ni empeorado, pues debería haber otra tanda grande de plazas hacia 2014-2015. Para el cálculo de plazas de sustitución en el INAH simplemente hagan una hoja de cálculo con las edades de investigadores de base, compárenlo con la edad promedio de muerte nacional por genero y profesional y hagan sus predicciones. Un saludo.
Comentario de Alfonso Torres el febrero 6, 2010 a las 8:59am
Tienes toda la razón, el aumento del numero de plazas en los últimos años, se debe sobre todo a la muerte de investigadores de base que entraron en los setentas o antes algunos, no precisamente a su jubilación porque tengo la impresión de que todo mundo se muere con los pantalones rotos y las gastadas botas de arqueólogo puestos. Sin embargo la creación de nuevas plazas, tanto para investigación como para restauradores en el INAH, hasta donde entiendo, se dio hará unos 6 años. Hubo si no me equivoco en mi memoria, 60 plazas para investigación y 30 de restauración (2 años antes) de las cuales alrededor de 16 fueron para arqueología. Interesántemente el mayor número de solicitudes para concurso fueron realizadas para plazas en el D.F. Osea que muy arqueólogos muy de campo pero no queremos movernos de casa. La anterior tanda masiva de plazas nuevas hasta donde entiendo fue unos 10 años antes, en 1994 y entiendo -corríganme si me equivoco- que la anterior -que consistió fundamentalmente en basificación de contratados- fue hacia mediados de los ochentas. ¿Estoy mal o me equivoco? Bueno, que tienes un punto: simplemente la ENAH genera mas arqueólogos por año que plazas nuevas el INAH. Es cierto. Sin embargo también es cierto que no es el INAH el único encargado de realizar investigación arqueológica en el país. Sin embargo esta es una verdad: hay mas arqueólogos egresados que plazas y el trabajo que abunda es el de contratado en campo con todas las problemáticas que se exponen en este foro: falta de seguridad social, laboral y prestaciones, situación que también sucede en otros países. De hecho lo que yo me preguntaría es si tiene caso abrir tantas escuelas de arqueología cuando las oportunidades y condiciones de trabajo son tan malas. Por lo menos a nuestras generaciones (ya llovió) si nos la cantaban derecho: no hay trabajo, si estudian arqueología es por su propia cuenta, riesgo y gusto. Como comentaba, la situación incluso es peor en otros países donde tampoco ya en las universidades hay nuevas plazas y mas bien se ocupan las de los colegas fallecidos y por cada uno que entra, 20 o 30 doctores se quedan sin empleo. ¿Nuevas plazas? Pues eso ya será un problema de negociación de las autoridades del INAH con Hacienda y ya sabemos de que lado masca la iguana al respecto. Un saludo.
Comentario de Andrés Santana Sandoval el febrero 5, 2010 a las 8:59pm
Son valiosos tus comentarios pues expresan, con un estilo muy propio, lo que todos vivimos y compartimos en mayor o menor grado. Un aspecto medular para entender e intentar modificar esta realidad es asumir que, ademas del monopolio del INAH existen, como ocurre con los literatos, musicos, pintores y politicos, "tribus" o mejor dicho manadas de dinosaurios que evitan los cambios pues perderían sus privilegios. Esos son los verdaderos culpables y por desgracia nos estan dejando a sus criaturas reproduciendo el esquema. Tan solo recordemos quienes son y cuantos años llevan quienes toman las decisiones en nuestra profesión.
Comentario de Miguel Guevara el febrero 5, 2010 a las 8:12pm
¿INAH o IMF?
Revelador en muchos sentidos el comentario de Manuel, en particular los dos casos expuestos, que no me hacen sino pensar que el INAH actúa como la organización de esa vieja serie de los sesentas:
"Como siempre, en el supuesto de que usted o alguno de sus colaboradores resulte muerto o apresado, nuestra organización negará el conocimiento de sus acciones".
Creo que el mensaje que nos hace llegar Manuel es tan importante que dificilmente será autodestruido en 5 segundos.
Comentario de Alfonso Torres el febrero 5, 2010 a las 8:06pm
El problema con el pago de servicios de terceros (rubro 3000) que propone Jupiter es que en lo monetario le puede ir mejor al ¿prestador de servicios?, pero la falta de una relación laboral con el INAH persiste y por lo tanto su falta de reconocimiento de antiguedad ante una eventual basificación. Lo que si se paga en el rubro 1000 ademas del salario es un concepto llamado gratificaciones donde incluimos aguinaldo pero que a lo mejor debería ver si se puede aumentar a gastos médicos o algo asi.
Comentario de Alfonso Torres el febrero 5, 2010 a las 8:00pm
En relacion al comentario de rexmexdf señalo:
A diferencia de cuando Jupiter y un servidor eramos estudiantes (hace un buen numero de años) es ahora en esta época en que existen mas plazas para concursos y mucho mas información boletinada al respecto que digamos, a inicios y mediados de la década de los noventa donde si llovian a cuenta gotas. Lo que sucede es que ahora las plazas son mas altas en puntaje y hay cada día hay mas egresados e incluso mas escuelas y por lo tanto mas competencia. Por cierto no veo porque los de la ENAH deban tener prioridad sobre otras escuelas para plazas en donde sea. Un saludo :)
Comentario de Jupiter Martínez el febrero 5, 2010 a las 1:01pm
Estoy de acuerdo con Alfonso, es un texto con muchos puntos por discutir y comentar. Me parece que el punto principal se relaciona con la falta de servicios medicos, sin contar que en nuestros presupuestos no nos autorizan incluir pago de SAR, ISSSTE, Fondo de ahorro de vivienda para los contratados, sustentados en el eterno argumento de que "Hacienda no lo autoriza".
Yo la unica solucion viable que observo es que ningun arqueologo debería de aceptar firmar contratos sin servicio médico para que forzara al INAH a que en lugar de que se contratara arqueologos por partida 1000, se tuviera que hacer por partida 3000, (creo que 3308 servicios profesionales), tal como se hace con los restauradores, de esta manera los contratados podrían cotizar salarios donde incluyeran sus costos de IVA, IATU, seguro social y seguro de gastos medicos mayores. Si, es una idea que aterroriza a todo investigador del INAH, pero yo personalmente no veo otra opcion. el INAH jamas va a ofrecer una solucion, porque no es un problema unico del INAH y de los arqueologos, es un problema de todos los contratados en el sistema gubernamental federal (INEGI, CFE, SEMARNAP, etc etc.), ahora, que ningun contratado acepte firmar un contrato, es muy dificil, pero yo creo que es personal de contrato es quien tiene la fuerza de ejercer presion. Dentro del INAH se hacen solicitudes que se pierden en el mundo burocrático, el sindicato de investigadores del inah tampoco es una opcion.
Nuestra experiencia como centro inah ha sido que las compañias que han contratado arqueologos como parte de convenios, ha sido que les han dado de alta en el seguro e incluso les pagan con pagomatico.

El otro punto sobre el tabulador de sueldos, esta disponible por transparencia, antes era consultable directamente en el portal de internet del inah, pero ya no lo he logrado encontrar. a manera general (no son datos confirmados), en el 2010 zona II, un pasante ganaría 6500 (ya sin el ISR), un titulado 9000, un maestro no se.. pero creo que por 11000. Y mi experiencia ha sido que las compañias de terceros, generalmente se imagan que un arqueologo debería ganar mas, pues lo homologan con el salario de un ingeniero en la IP. Me sorprende que haya alguien que acepte firmar por menos que el tabulador del INAH, y obviamente todos los contratados desean ganar mucho mas que el tabulador oficial. Sin duda hablar de dinero no es una caracteristica del mexicano (decian los abuelos que era de mala educacion preguntar cuando gana la gente), y si no me creen, pregunten a sus amigos cuantos saben cuanto es lo que ganan sus padres.
conclusion. La revolucion salarial deberia de venir de fuera.. eso es lo que yo creo.
Comentario de Alfonso Torres el febrero 5, 2010 a las 7:12am
En este documento hay tantos puntos que discutir y que supone tanto por corregir en la relación del INAH con los arqueólogos de contrato que bueno, solo haré dos comentarios:
* en relación a los problemas de seguridad laboral para los trabajos de campo estos se derivan en parte de una política que ha seguido el INAH de permitir que los pagos a los investigadores de contrato sean realizados de manera directa por la compañía que solventa el costo del proyecto (también llamada terceros) con el fin de agilizar el inicio de los trabajos en campo. Obviamente es interés de la compañía (terceros) comenzar lo mas rápido posible, pues de otro modo la burocracia administrativa del INAH (aprobación del consejo, firma de convenios, deposito y ministración de recursos) atrasa el inicio de estos trabajos. Esto sin embargo no explica que se realicen convenios leoninos donde se dejen en la indefensión laboral a investigadores que deberían tener su contrato directo con el INAH y no con un tercero. Obviamente debemos dejar de lado esta práctica que deja en la orfandad de derechos a los compañeros de contrato y seguir el caminito, largo de la administración directa de recursos aunque eso vaya en contra de los intereses de la compañía. Obviamente la tarjeta de presupuesto debe incluir todos los beneficios derivados como el pago proporcional de aguinaldo y el pago del seguro social al menos. Eso es responsabilidad del director de proyecto quien es quien la elabora y el director del centro de trabajo que es quien la aprueba. Si el director de proyecto no te da estas prestaciones pues no firmes. Total, mas burocracia al final pero mas seguridad social al trabajador. Eso implica calcular los montos salariales de acuerdo al tabulador del INAH, que es el mismo para gente de base que de contrato. En contra de esto último tenemos que el rubro mil (que es para salarios) al interior del INAH siempre esta limitado para los proyectos de investigación. Hay para administración y otras necesidades mucho mas urgentes, pero para investigación, los administradores y directivos creen que prácticamente se realiza sola, solitita por el investigador de base, lo cual es un completo error. Otro factor en contra es el Consejo de Arqueología que en ocasiones tiene la costumbre de no aprobar los proyectos a menos que se modifiquen los presupuestos hacia abajo. Es raro el caso donde mas bien te recomiendan que hagas un ajuste de presupuesto hacia arriba. A mi por lo pronto me acaba de pasar esto último.
* en cuanto a los sueldos estos aparecen en la página del sindicato de investigadores del INAH en forma de circulares. Es el mismo sueldo para los de base que de contrato, y a ambos debe regir el RAPCEO, el decir, el Reglamento de Admisión, Evaluación, Promoción y de Concursos y de Exámenes de Admisión para el Personal de Investigación Científica y Docencia del INAH. En ese reglamento y en el tabulador de evaluación correspondiente se presentan los puntos adjudicados a cada actividad de investigación realizada. La regla que se aplica para la evaluación de los contratados por la Comisión de Admisión es básicamente la siguiente: solo se evalúan grados académicos, enseñanza, cursos y publicaciones. Es decir, prácticamente solo se evalúa tu actividad académica y para fines prácticos lo puedes reducir a dos: que grado académico tienes y que publicaciones has realizado. Lo demás, experiencia laboral en campo o gabinete, conferencias, guiones de radio, informes técnicos, museografía, coordinaciones, idiomas, trabajos de confianza o puestos de responsabilidad, todo eso no cuenta para puntaje en la evaluación de un contratado de investigación. Tips: pasantia 50 puntos, titulacion, 150 puntos, maestría: 350 puntos; doctorado: 550 puntos. Articulo publicado en revista de investigación científica: 20 puntos; articulo en libro de investigación: 30; libro de divulgacion: 75 puntos; libro de investigación: 150 puntos. Categorías: Asistente A 50 puntos, Asistente B: 50 puntos y 2 años de experiencia; Asociado A: 150 puntos; Asociado B. 350 puntos; Titular A: 550 puntos; Titular B: 1000 puntos; Titular C. Dos mil puntos. De hecho un logro sindical seria lograr la Titularidad D y E: 3000 y 4000 puntos obviamente con su respectivo y sustantivo aumento salarial. Después de una evaluación se realiza el documento oficial correspondiente el cual queda copia archivada en la Comisión de Admisión en la ciudad de México. Que los concursantes tengan una copia de dicho documento donde se establece su puntaje oficial sería una buena idea de aplicar.
* Lo de las convocatorias abiertas y voceadas a través de este medio es una buena idea. Solo hay que recordar que el director del proyecto tiene preferencia sobre a quien propone para un trabajo particular para que este sea evaluado por la Comisión de Admisión respectiva. También en consecuencia debería haber una lista negra (de hecho la hay) donde se vocee a los trabajadores de contrato que quedaron debiendo informes o cuyo desempeño no fue el óptimo esperado. Antes esta situación de débito de informes o trabajos hechos al garete pues varios investigadores de base prefieren usar gente que venga recomendada por su desempeño en otros proyectos previos.
* respecto a las condiciones optimas para trabajar, es decir, equipo, instrumental y espacio, pues dejame decirte que los investigadores de base, cuando recien ingresan, están en la misma condición que un contratado: comprate un GPS, un nivel, tu herramienta, tus cámaras y tu computadora que el INAH no te va a dar nada. Si tienes suerte a lo mejor en tres o cuatro años te vas haciendo de un lugar de trabajo. Conozco el caso de alguien que entro al INAH y anduvo por lo pasillos errante casi dos años, hasta que le asignaron oficina y que tuvo los materiales producto de rescates amontonados en cajas y cajas en su oficina hasta que no cupieron mas y le dieron un espacio de análisis de materiales como a los cuatro años. Un caso peor fue del arqueólogo que anduvo comisionado en campo largo rato, solo para regresar y encontrarse sin oficinas y sus cosas en el pasillo. Tras siete años de ambular sin mucho quejarse alqún directivo se dio cuenta de la anómala situación, se compadeció y otorgó al arqueólogo su lugar de trabajo. ¿como ven? Bueno parece chance, pero es verdad. Si se hace o intenta hacer arqueología es en contra de la mismas condiciones de trabajo.
Bueno, pues quedan aun puntos por discutir, pero definitivamente el tema de la seguridad social de los investigadores de contrato deber ser revisado y ser considerado un punto de obligatoriedad para las autoridades del INAH y de discusión por el sindicato.

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