Cholula: ¿el triunfo de la ignorancia?

 18/11/2014 04:00 
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En un esclarecedor artículo sobre los riesgos a los que está expuesto el patrimonio cultural en una economía de mercado1, el doctor en derecho Jorge Sánchez Cordero hace referencia a la Convenciones celebradas en la Unesco en 1970 y 1972, cuyos resolutivos, que tuvieron una amplia aceptación internacional, confieren a las Estados nacionales la facultad de determinar cuáles son los bienes culturales que quedan sujetos a protección en su ámbito territorial. Es decir, en dichas convenciones se propicia la creación de un nacionalismo cultural, otorgando a los Estados el privilegio de decidir qué es lo culturalmente protegible. Supongo que de ahí deriva la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas de 1972 que protege la pirámide de Cholula y su entorno. El privilegio de señalar lo que debe ser protegido y legislar esa protección es un arma indiscutible para proteger el patrimonio arqueológico de los mexicanos contra proyectos de cualquier tipo que atenten contra él.

Uno de los grandes riesgos que corren los bienes arqueológicos es el de su descontextualización, y ésta ocurre, al menos, de dos maneras: mediante el saqueo arqueológico, que sustrae objetos de su entorno y descontextualiza tanto la pieza quitada como el espacio donde fue hallada, espacio que queda mutilado al haber sido despojado de componentes que le otorgan significación precisa y sentido general. La segunda forma de descontextualizar son las intervenciones en zonas arqueológicas con el propósito de “modernizarlas”, “dignificarlas” o atribuirles una “utilidad pública” que es ajena a su naturaleza, a su condición de monumento cultural e histórico y fuente de información insustituible para conocer el pasado. Esta última forma de romper un contexto es precisamente la que se pretende realizar en la zona arqueológica de Cholula con el Proyecto Intermunicipal de las 7 Culturas.

La descontextualización de los bienes arqueológicos (objetos, monumentos y zonas territoriales) degrada profundamente su valor histórico y cultural porque distorsiona el mensaje simbólico que transmite a quien lo contempla. No es lo mismo mirar la pirámide de Cholula al fondo de un campo sembrado con maíz o cempasúchil, que mirarla a través de un estacionamiento o un campo de futbol. Esta es la clave del problema, esta es la razón por la cual nos oponemos enérgicamente a que se comenta una barbaridad en esta zona arqueológica. Los campos de cultivo encontrados en los alrededores de Cholula, que datan del siglo I, es decir, hace 2 mil años, son terrenos en los que ya se cultivaban milpas con maíz, calabaza y frijol. Restos de maíz con una antigüedad milenaria y figuras de cerámica de Xolinen, la diosa del maíz tierno, Tláloc y Quetzalcóatl han sido halladas en las excavaciones realizadas por las arqueólogas Patricia Plunket y Gabriela Uruñuela, de la UDLAP, tanto en la gran pirámide como en el convento de San Gabriel, bajo el cual se presume está el antiguo templo a la deidad del viento. Cualquiera que se tome la molestia de consultar el número 115 de la revista Arqueología Mexicana, dedicado a Cholula hace un par de años, se dará cuenta de la importancia que el sitio arqueológico tiene. Esto sin mencionar el otro aspecto fundamental, que consiste en el culto a la virgen de los Remedios, que comprende 44 pueblos del valle cholulteca. Pues bien, aunque parezca increíble, quienes concibieron el Proyecto Intermunicipal ignoran, repito, ignoran por completo, la importancia histórica y cultural de este lugar. ¿Cuál es el argumento que exponen para justificar su proyecto recreativo–deportivo?: habilitar el espacio en función de su “utilidad pública”. Veamos qué significa esto.

Construir un parque deportivo–recreativo en torno a la pirámide con el argumento de su “utilidad pública” significa, simplemente, desconocer su valor como bien cultural y la utilidad pública que ya tiene como monumento histórico y zona arqueológica que proporciona información sobre el pasado mesoamericano al visitante, y podría proporcionar mucha más si se tuviera el cuidado de hacerlo. Lo más grave del parque intermunicipal es que el uso deportivo–recreativo de ese espacio cancelaría la posibilidad de realizar excavaciones arqueológicas en el futuro, investigaciones que arrojarían nuevos conocimientos sobre una de las ciudades más importantes del mundo antiguo. Esos nuevos descubrimientos atraerían mucho más visitantes, nacionales y extranjeros, que los que puede atraer el parquecito que han diseñado el gobierno del estado y los ayuntamientos de San Pedro y San Andrés. ¿O alguien piensa que una familia yucateca, francesa, oaxaqueña o japonesa va a viajar para contemplar una cancha de futbol? ¿No sería mucho más interesante para ellos adentrarse en una milpa, por un sendero bien acondicionado donde se les explique la importancia cultural del maíz, las deidades con las que está asociado, su riqueza gastronómica en la cocina mexicana? ¿No sería mucho más interesante que conocieran las propiedades del maguey, visitando algunos cultivos bien acondicionados, hablarles de herbolaria y medicina tradicional visitando un pequeño jardín botánico, todo ello como complemento del museo de sitio? Esto significa valorar lo propio y poner ante los ojos y la sensibilidad del visitante una experiencia vital, gastronómica, al tiempo que se le proporciona información cultural e histórica. Todo ello puede armonizar perfectamente con los nuevos descubrimientos arqueológicos, incluso senderos para bicicletas, como sucede en Tikal, Guatemala. Quiero dejar claro que no se trata de oponerse a un proyecto turístico, se trata de hacerlo con inteligencia y comprensión cabal del lugar en el que va a realizarse.

El artículo de Jorge Sánchez Cordero que inspira estas notas tiene un epígrafe que obliga a una reflexión fundamental: “La percepción de una cultura y de un pasado común es una forma de aprender que pertenecemos a una comunidad. Ese sentimiento de pertenencia hace de los bienes arqueológicos un vehículo de interlocución con la conciencia más íntima, lo que contribuye a cohesionar a una sociedad”. Señora Teresa Franco, señores Rafael Moreno Valle, José Juan Espinoza y Leoncio Paisano, ¿están dispuestos a pertenecer a esa comunidad y a cohesionarla?

 

1 Jorge Sánchez Cordero, La precariedad del orden cultural internacional, publicado en dos partes en Proceso N° 1983 y 1984, del 2 y 9 de noviembre de 2014.

Fuente:http://www.lajornadadeoriente.com.mx/2014/11/18/cholula-el-triunfo-...

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Comentario de Marcelo Paul Arruda Leiva el noviembre 24, 2014 a las 12:21pm
Lo escrito aqui es una forma de expresar el sentir de cualquier sociedad que tiene fuertes atisbos de la destruccion de su patrimonio cultural que esta siendo destruido por intereses ,economicos locales y foraneos.
El pasado y la riqueza cultural de un pueblo son exclusivamente propiedad de el por lo tanto cuando se desdibuja su estructura hacemos una pantomima que nada tiiene a ver con lo que originalmente es.
Esos lugares asi como cualquier otro en el continente americano sirven para educar a las generaciones venideras para que cultiven su amor por las raices de las que provienen,y no para obtener ganancias y regodearnos por que asi estariamos dando alas al titulo que menciona el triunfo de la ignorancia.
Estariamos haciendonos daño a nosotros y a las otras generaciones que vienen despues de nosotros,por que a lo largo de este hermoso y extenso continente todos lo sentimos cuando se daño un patrimonio cultural rico y exuberante.

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