Desde hace dos décadas tengo el privilegio de vivir en San Ángel Inn, un barrio que mal que bien está regulado en su parte visual por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y que pretende mantener su identidad de viejo pueblo de calles empedradas, casonas estilo virreinal de no más de dos pisos pintadas con colores -amarillos, azules, rosas, ocres- de una paleta cien por ciento mexicana.

Así, hasta donde mi memoria alcanza y que va más allá de dos décadas, en la esquina de Avenida Altavista y Magnolia había una residencia abandonada que, como toda casa de alcurnia, tenía su leyenda negra y era referente de los habitantes de la colonia. Se cuenta que sus dueños, una pareja de ancianos, en despecho a sus hijos ambiciosos, se la heredaron a las personas que los ayudaban con las tareas domésticas, quienes durante años vivieron, junto con una jauría de perros, en la cada vez más ruinosa mansión.

En los años recientes, sin embargo, las rejas que delimitaban el terreno de la casona eran alquiladas por una compañía de publicidad -de ésas que contaminan el ambiente con anuncios espectaculares-, que, de noche, llegaba y montaba vallas de lámina para publicitar toda clase de productos, muro que la delegación Álvaro Obregón desmontaba al enterarse del ilícito.

Este absurdo “juego” -el de montar y desmontar vallas publicitarias- se repitió en varias ocasiones, lo que me hace suponer de la existencia de un reglamento mínimo de castigo para los infractores que, en menos de dos semanas, decidieron cambiar de táctica: de la noche a la mañana demolieron la vieja casona -no sé si con o sin sus habitantes adentro-, hicieron caso omiso de los sellos del INAH -que, me imagino, prohibían la destrucción- y robándose medio metro de las ya de por sí estrechas aceras tanto de Avenida Altavista como de Magnolia, alzaron de nuevo sus anuncios espectaculares sin que a la fecha la delegación Álvaro Obregón los haya quitado.

Dichos carteles monumentales, por otra parte, en algunos casos son un fraude para quien los contrató. Por ejemplo, el que está colocado en Magnolia anuncia el estreno, el 12 de octubre, de una serie de televisión extranjera y dicho espectacular fue colocado después de tal fecha. Otro de los anuncios habla de cuatro conciertos de un grupo llamado OV7; lo paradójico del asunto es que también se indica que está agotado el boletaje. Si esto es cierto, ¿qué caso tiene informar la venta de un producto que no se puede comprar? De tratarse, sin embargo, de un aviso falso, entonces se está planeando un fraude contra los posibles consumidores.

Los demás anuncios —el de los Muppets, el de María Victoria y la Tongolele en un espectáculo cabaretoso, el de otra serie de televisión extranjera que se estrena hoy lunes y el de una obra de teatro titulada Sexo— son simplemente de mal gusto, además de nocivos a la vista porque se exhiben tanto de día como de noche (¿quién pagará los recibos de luz de un terreno deshabitado y clausurado por el INAH?).

De esta manera, como con las autoridades nunca se sabe, le propongo a los vecinos no sólo de San Ángel sino de todos los barrios que se sientan afectados por este tipo de contaminación, la acción ciudadana de no consumir los productos que los espectaculares publicitan, pues otra cosa que llama la atención es que los grafiteros suelen pintar toda barda susceptible a convertirse en valla publicitaria, mientras que a los anuncios, curiosamente, en la mayoría de los casos los respetan.

 

Fuente:

El Economista

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