Crimen organizado atemoriza investigaciones antropológicas; “uno se acostumbra a vivir y trabajar de esta manera”

Crimen organizado atemoriza investigaciones antropológicas; “uno se acostumbra a vivir y trabajar de esta manera”
Por:  / 20 julio, 2015
violenciaestudiantesméxico

(20 de julio, 2015).- Entre el miedo, las amenazas y levantones es como la parte académica vive la violencia generada por grupos armados, algunos pertenecientes a cárteles del narcotráfico en el “focos rojos” de México  que no permiten hacer estudios en zonas inexploradas de diversas partes de la república. A continuación algunos testimonios.

 A la arqueóloga Baudelina García Uranga la “levantaron” dos jóvenes con metralleta cuando se dirigía al Municipio de Chalchihuites, en Zacatecas, a hacer trabajo de campo. Fueron horas de insultos, golpes, amenazas, con el rostro cubierto, sin poder ver qué sucedía.

Era septiembre de 2012, pasadas las 14:00 horas. Conducía una camioneta nueva del INAH, sin logotipos. Recuerda haber visto unas placas de Jalisco, el olor a mota y cerveza, el miedo constante. Y que quienes la secuestraron preguntaban por “los chapos”.

Durante dos años y medio recibió tratamiento sicológico. Ahora, cuando la mandan a una comisión, toma precauciones. “Ya no manejo vehículos oficiales ni tampoco viajo sola. Y hago salidas cortas”.

Por otro lado el arqueólogo Jerimy Cunningham acostumbra conducir cada año desde Canadá hasta Chihuahua con el equipo necesario para su temporada de campo. Sus alumnos viajan en avión para evitar asar por Tijuana.

El profesor de la University of Lethbridge, en Alberta, recuerda que cuando comenzó a trabajar en Chihuahua, en 1992, llegaron unos hombres armados preguntando si habían encontrado el oro de Pancho Villa. “Pero cuando vieron que sólo había restos de cerámica, se aburrieron y se fueron”.

El investigador lamenta que la narcoviolencia haya restringido la investigación en sitios de la Sierra Madre Occidental. Hay uno, al norte de Madera y cercano a la Laguna de Babícora, que le gustaría explorar. El arqueólogo canadiense ha optado por trabajar en áreas más seguras de Namiquipa y establecer medidas de protección como nunca viajar después de que  oscurece ni acudir a bares o fiestas por las noches.

El coordinador de Arqueología del INAH, Pedro Sánchez Nava, reconoce que existen “focos rojos” en el País, zonas sin explorar a causa de la violencia: la costa de Michoacán, la zona de la Huasteca, la región de la Montaña en Guerrero. “Son áreas susceptibles de investigación que ahora están en suspenso”.

Hasta ahora, subraya el funcionario, no han recibido reportes de incidentes de ninguna de las 187 zonas arqueológicas abiertas al público. “Son seguras y operan con normalidad”.

Es en regiones remotas, en brechas o caminos rurales, donde pueden ubicarse los “otros grupos”, señala refiriéndose a los narcotraficantes. Se llegan a dar casos, dice, donde los propietarios de las tierras establecen fechas de acceso para que los investigadores no acudan en época de cosecha.

“De plano les dicen: ‘Entre abril y julio ni te pares por aquí. Después de noviembre, puedes entrar’. Hasta que se inicia otra vez el ‘ciclo agrícola’”.

En el INAH no existe un registro de los investigadores ni de los proyectos afectados por la violencia, advierte el antropólogo Bolfy Cottom. Es por eso que se carece de estadísticas.

“Lo que hay hasta ahora son medidas de protección como: ‘ponga usted las manos sobre el volante y entregue todo’, pero estos señores no funcionan así”, dice la arqueóloga Baudelina García Uranga. “Hace falta crear protocolos”.

Fue a finales de 2013 cuando el politólogo Carlos Antonio Flores Pérez elaboró un documento que circula en el CIESAS sobre los riesgos del trabajo de campo y en archivos. En el escrito de ocho páginas advierte a los investigadores sobre los peligros de trabajar temas sensibles como el tráfico de personas; La guerra sucia y la corrupción institucional, o acudir en busca de información a zonas de conflicto o con altos índices de inseguridad.

“Incluimos en el documento una serie de apreciaciones”, indica. “Para algunas personas son consejos muy básicos, pero para otras no tanto, depende de qué tan acostumbrado esté alguien a tomar precauciones”.

“En un lugar pequeño es más fácil ser detectado y que existan represalias directas”, explica.

“En Tamaulipas, los políticos que han controlado la entidad forman un núcleo bastante compacto, que controla los actores sociales, los medios, y es muy difícil no ser descubierto”.

Las investigaciones que son interrumpidas por la violencia a menudo no se retoman. Sobran ejemplos. El arqueólogo Joel Santos Ramírez no pudo concluir hace una década el registro de las misiones jesuitas en Sinaloa porque la delincuencia le impidió entrar a la sierra de San Ignacio, mientras que su colega José Luis Punzo tuvo que suspender en 2010 una investigación de cuatro años en la Cueva del Maguey, en la sierra de Durango, después de recibir amenazas directas.

Municipios sinaloenses como Choix y Badiraguato continúan siendo peligrosos. Si los arqueólogos necesitan acudir en respuesta a una denuncia de saqueo o para hacer algún recorrido, se aseguran de tener antes el permiso de la autoridad local.

“Aquí en Sinaloa nos queda claro que si no te metes con nadie, y explicas por qué vas, no te pasará nada”, afirma Santos Ramírez. “Depende también de la época del año. En la temporada de cosecha no se puede pasar; las personas tienen temor porque cualquier presencia ajena puede generar una reacción”.

Punzo, quien actualmente trabaja en Michoacán, cuenta que se mueven con precaución: viajan en vehículos oficiales, con credenciales del INAH y ropa que los identifica como miembros de la institución.

“Tenemos proyectos en zonas complicadas, como la Tierra Caliente”, indica. “Uno puede ir y hacer ciertas tareas. El problema surge cuando son proyectos a largo plazo, o si buscando un sitio arqueológico uno llega de manera accidental a lugares donde hay plantíos ilícitos”.

Santos Ramírez reconoce que en la sierra de Sinaloa hay sitios de pintura rupestre y casas acantilado que no han sido explorados, debido a que en esos lugares de difícil acceso se corre un mayor riesgo. “Nadie se va a meter allá. Por eso, también son regiones que permanecen sin ningún tipo de afectación al patrimonio”.

Lo que preocupa en estos días al arqueólogo hidalguense, quien desde hace 13 años radica en Sinaloa, es la presencia de grupos armados en las carreteras, reportada por los ingenieros a cargo del gasoducto que se construye en el estado, con quienes el INAH realiza labores de salvamento arqueológico. “Incluso los han detenido y les han preguntado qué están haciendo ahí Se está volviendo algo muy común”.

Punzo cuenta que han recorrido y hecho excavaciones en lugares como Huetamo, Chavinda, Sahuayo y Tingambato, sin que hayan tenido percances, pero está consciente de que el riesgo existe. “Somos sumamente vulnerables, eso es un hecho. Es terrible decirlo, pero uno se acostumbra a vivir y trabajar de esta manera”.

Con información de Reforma.

Fuente: http://revoluciontrespuntocero.com/crimen-organizado-atemoriza-inve...

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