DESPIDEN A BEATRIZ ´TITA´ BRANIFF

Última actualización el Viernes, 27 de Diciembre de 2013 19:18 Viernes, 27 de Diciembre de 2013 11:22

 

El Instituto Nacional de Antropología e Historia se une a la pena que embarga a la sociedad mexicana por el deceso de la investigadora emérita Beatriz "Tita" Braniff Cornejo (1925).

 

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*** Inspiró el trabajo de muchos investigadores

*** Fue una de las primeras mexicanas en realizar investigaciones de quienes hasta ese momento habían sido conocidos como los “bárbaros” del desierto



Beatriz ´Tita´ Braniff Cornejo (1925), investigadora emérita del Instituto Nacional de Antropología e Historia, falleció hoy en la ciudad de México a los 88 años de edad. La reconocida arqueóloga dirigió el Centro de Estudios Antropológicos de Occidente en la Universidad de Colima y coordinó el proyecto arqueológico en Paquimé de 1992 a 1995.

En el año 2005 Tita Braniff presentó la Guía para el Museo de las Culturas del Norte. De los tiempos prehispánicos a Casas Grandes, ocasión en la que en entrevista habló de sus orígenes, intereses y trayectoria.
 
En ese entonces, la doctora tenía 80 años y vivía en Colima. Se levantaba a las 5 de la mañana, tenía dos perros y tres gatos que eran como su familia. Tuvo dos hijos y pronto sería abuela. “Me siento chichimeca y prefiero estar en el campo y el desierto, que en la Ciudad de México, allá no regresó hasta que ya no pueda pensar”, decía.
 
Caminaba con muletas y hacía 13 años que no realizaba trabajo de campo, cuando en Casas Grandes se fracturó el fémur y le pusieron su primera prótesis. Se dedicaba a hacer libros y estaba preparando uno relativo al Occidente: “No me quejo. Estoy loca, porque además me metí a hacer otro Doctorado, de Arquitectura en la UNAM, ya llevó como dos años en la investigación, quiero contrastar la arquitectura del norte versus la de Mesoamérica”.

Una de las piezas del arte del norte que más le gustaba a Tita Braniff es la que ella llamaba La Maja de Paquimé, una mujer echada con sus pestañas, símbolo de la mujer fértil. Y haciendo un símil con ella, comentó entonces: “yo siempre fui femenina y me gustaba presumir, e igual puedo andar en fachas que vestir elegantemente”.

Fue autora de Dioses Guacamayas del Norte, que publicó El Colegio de México. “Tita”, como le dicen sus amigos, fue una de las primeras mexicanas en realizar investigaciones de quienes hasta ese momento habían sido conocidos como los “bárbaros” del desierto.

“No se vale estar estudiando sólo Teotihuacan —comentaba— y la zona maya, porque México también se extendía hacia otro mundo”, por ello, desde que egresó de la carrera de Arqueología, en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), exploró diversos sitios, actividad que ayudó a redefinir el concepto de las Culturas del Norte, para integrarlas al Atlas de la arqueología nacional.

Su ruta de trabajo inició en el Valle de México, en el Cerro de la Estrella y Tlatilco; luego cerca de las minas de la familia, en la Sierra Gorda de Querétaro, donde estudió los “triques arqueológicos” (hachas y puntas), objetos como los que su mamá guardaba y que en su paso por la escuela, descubrió que no estaban registrados en los libros.

Poco a poco fue subiendo al norte: Morales, Guanajuato; Villa de los Reyes, San Luis Potosí; El Cerrito, Zacatecas, y varios sitios de Sonora, donde vivió alrededor de 10 años. También estuvo en Casas Grandes, Chihuahua, para finalmente establecerse en Colima.

Una de las grandes propuestas de Braniff sobre los términos para comprender el norte de México es que la frontera actual no sirve para ningún investigador “ni gringo ni nacional”, pues el mundo mexicano de la Colonia y el prehispánico llegaba hasta Arizona, Utah y Colorado. “Incluía todo lo que nos robaron los gringos hace más de 150 años”. Lo que ahora ellos llaman Southwest y nosotros Norte. Conceptos que no aceptaba.
 
En el prólogo del libro Nómadas y sedentarios en el norte de México: homenaje a Beatriz Braniff, de Marie-Areti Hers y José Luis Mirafuente, et al, William Merrill reconoció a la maestra por sus contribuciones al mejor entendimiento del norte de México y sus habitantes, así como por sus contribuciones a la investigación y desarrollo de la arqueología de México.

“Por medio de sus investigaciones, nos ofrece una visión profunda y sofisticada del norte la cual se encuentra a disposición no sólo de los investigadores sino que, gracias a su trabajo en la creación del Museo de las Culturas del Norte en Paquimé, Chihuahua, de un público general”.

“El compromiso con el norte que la maestra Braniff ha mantenido a lo largo de su vida profesional ha inspirado el trabajo de muchos investigadores y seguirá haciéndolo con futuras generaciones”, escribió William Merrill.

Por su parte, la arqueóloga Paloma Estrada Muñoz, en el libro Las mujeres en la arqueología mexicana (1876-2006), escribió: “la osadía distingue a las mujeres de la arqueología mexicana, algunas se aventuraron en regiones desconocidas y relegadas de los grandes proyectos. Tal vez la inspiradora de muchas de ellas sea Beatriz Braniff, caminante de la ´Gran Chichimeca´ que ha buscado romper los prejuicios que pesan sobre los grupos de cazadores-recolectores”.

Beatriz Braniff coordinó hace algunos años La Gran Chichimeca (CONCALTUA-Jaka Book), “lo hicimos puras mujeres, que se supone que somos tiernitas”. Participaron las estadunidenses Linda S. Cordell, y Marie Arreti Hers, María de la Luz Gutiérrez y Elisa Villalpando.
 
La maestra se encontraba trabajando en el libro El Occidente de México, que ella coordinaba y que editará el INAH. La obra será concluida por el investigador Arturo Oliveros.
 
La doctora Braniff se definía a sí misma como una mujer feminista que le gusta hablar, defender y dar batalla. Ingresó en 1952 a la Escuela Nacional de Antropología porque, según sus propias palabras, se enamoró de un arqueólogo al que le pareció fantástico escucharlo platicar.

Ya seducida también por la arqueología y por su gusto de estar en el campo, intuyó la sensibilidad que deben desarrollar los arqueólogos para encontrar lo que buscan e ingresó al Instituto Nacional de Antropología e Historia en 1957.

Los maestros que la influyeron fueron: Miguel Covarrubias, Francisco de la Maza, Jiménez Moreno y Pablo Martínez del Río.

Para Beatriz Braniff todas sus experiencias fueron maravillosas, como su estancia en Sonora donde hizo su tesis de doctorado: La Frontera Protohistórica pima-ópata en Sonora, México. Proposiciones arqueológicas preliminares. Fue docente en la ENAH, la UNAM, la Universidad de Texas en Austin y en la Universidad de Colima.

Fue integrante del Consejo Nacional de Arqueología de 1989 a 1991 y directora del Proyecto Museo de las Culturas del Norte Casas Grandes, entre 1992 y 1995. Coordinó el Centro de Estudios Antropológicos del Occidente, Colima, de 1995 al año 2000.

Entre sus publicaciones se encuentran: La posibilidad de comercio y colonización en el Noroeste de México, vistos desde Mesoamérica. Cuadernos de los Centros No. 24 INAH, 1976. La arqueología, la historia y la subsistencia moderna. Foro Interamericano: La Cultura Popular y la Educación Superior. Universidad de Colima, 1980. Diseños tradicionales mesoamericanos y norteños. Ensayo de interpretación. Arqueología del Occidente y Norte de México. Homenaje al Dr. J. Charles-Kelly. UNAM e INAH, 1986. The identification of possible élites in prehispánico Sonora, Southwesst Symposium. Arizona State Museum. Tempe, 1987.

Fue autora también de Diseños tradicionales mesoamericanos y norteños. Ensayo de Interpretación. En Arqueología del Occidente y Norte de México. Homenaje al Dr. J. Charles Kelley. Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Antropológicas,1993 y La arquitectura y la arqueología: la tradición de Casas Grandes. Revista Enlace. Año 5, no. 6, pp. 14-17. México, 1995.

Beatriz Braniff se describía como una mujer feliz, que a lo largo de sus experiencias amorosas buscó al hombre siempre y cuando la siguiera, respetara y admirara; reconocía que había vivido momentos difíciles pero afirmaba que no se arrepentía de nada de lo que ha había hecho incluyendo el vuelo a la hilacha, las borracheras de música, de amor, de sol y de cansancio, que en sus momentos de soledad se combinaban con la colección de música sui géneris que disfrutaba.

Fuente: INAH.

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