López Wario: La fábula del tejedor y los minúsculos ogros. Homenaje a Pepe Ramírez.

La fábula del tejedor y los minúsculos ogros. Homenaje a Pepe Ramírez.

 

Luis Alberto López Wario

Dirección de Salvamento Arqueológico-INAH

Jueves 29 de mayo de 2014, 12 horas.

 

Buenas tardes a todas y todos. Muchas gracias por la invitación del Comité Ejecutivo de investigadores del INAH; en lo que valga, les reconozco por impulsar esta magnífica iniciativa del merecido homenaje a José Luis Ramírez Ramírez. Les prometo ser breve e intentaré ser claro en mis palabras; para empezar, me curo en salud y agradezco su paciencia. Mi estimado Pepe, ojalá sea de tu agrado esta breve historia, que va a manera de cuento: La fábula del tejedor y los minúsculos ogros.

Había una vez un no reino que con demasiada frecuencia sí lo parecía y, por lo que ahí ocurría, se generaba grave riesgo para sus habitantes. Ese lugar, cuya forma se le decía a los niños que asemejaba al fabuloso cuerno de la abundancia, estaba pletórico de deliciosos frutos, ríos nutricios y originarios, fauna incluso mitológica, mares que eran procelosos y profundos, añeja y milagrosa vegetación, montañas sagradas y de vivo fuego, lluvias sanadoras que lavaban los rostros, sol naciente y poniente, minerales ocultos, así como muchas piedras que tenían más de dos mil años, como llegó a decir un sabio del territorio, y sobre todo, había gente que le daba vida.

En ese no reino nació un niño al que le gustaba atesorar para los demás, lo que en muchas en ocasiones le llevó a enfrentarse con esos seres que se sentían los hijos del ogro filantrópico, vástagos putativos que no eran nada mitológicos, sino lamentablemente muy reales, perjudiciales y que para pesar del resto del pueblo encontraron la forma de reproducirse y eternizarse. Eran seres a los que les fascinaba matizar las palabras para no cambiar los conceptos y mucho menos sus prácticas, que llegaban a ser ejemplos de inmoral expolio.

Por fortuna, como otros más, a pesar de ellos el niño creció, y se encontró al crear urdimbres, las que se volvieron su pasión, y que se convirtieron en su labor durante sus años de juventud y sobre todo en su madurez, es decir, en su plenitud.

Y el niño de nombre José tejió, tejió y siguió tejiendo redes de memorias con hilos y géneros que venían de muchos rincones, que habían sido elaborados por incontables manos, tramas y hechuras que le permitían a todos acercarse a tiempos y gente que en ocasiones parecían muertos, pero que en realidad eran mundos pletóricos de vida, de luces y sombras. Eran espacios en los que el niño Pepe tuvo razón y sustento porque se encontraban palabras escritas, en los que se hallaban espejos con sus infaltables entrecruces de miradas, en los que se podían vislumbrar a otros y verse a sí mismos, a veces con miedo pero siempre con sorpresa.

En sus tejidos de relatos, ese aún niño asombraba por su persistencia, por la certeza de que ahí se podrá encontrar ese conocimiento que tenía un origen colectivo, el que en mucho era contradictorio pero también complementario y valioso.

La labor de ese niño permitió valorar eso que el gran humano Pablo Neruda llamó las memorias del memorialista, a las que distinguió de las creadas por los poetas, pues decía que “aquél, el memorialista, vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más y nos recrea con la pulcritud de los detalles. Éste nos entrega una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época” (Pablo Neruda, Confieso que he vivido, p.9).

Y hete aquí que en ese no reino, tras muchos veranos y lluvias, días asoleados y ventosos, ya bien calmos o de aquellos milagrosos que regalaban la maravilla de los eclipses, llegó la hora no de entrar a ese espacio pleno de redes y urdimbres, pues esa hora había sido la de siempre, sino que había llegado el momento de abrazar con fuerza y cariño al memorialista, al que atesoró para dar a los demás la oportunidad de saber, estrechar al que ante los sin argumentos había defendido a esos bienes de todos con herramientas forjadas y tomadas de su interior. Era el tiempo de envolverlo para que se arropara en los enormes agradecimientos que se le ofrecían y que mucho se merecía.

Los sabios del lugar decían que ennoblece a los humanos el crear esos conjuntos ordenados de documentos que se constituían como la memoria resguardada, los que se volvían incluso patrimonios históricos envueltos en su forma terrena de documento, y que aún más ennoblecía el actuar diario del ser humano que logra ante los regresivos embates conservar esa memoria social plasmada en papeles, fotografías, películas, libros, información que además permanecía en la privilegiada mente de aquel que la abría ante el leve impulso de la simple pregunta que se le planteaba un día sí y al otro también, pregunta que para algunos resultaba un acertijo: “Pepe, ¿me podrías ayudar con …”.

Y algunos se preguntaban ¿de qué sirve conservar, mantener todas estas historias recuperadas? Entonces poder afirmar que al final de cuentas, se esté o no de acuerdo por principios epistemológicos, ontológicos y otros conceptos lógicos aplicables, lo que resulta de cualquier labor en arqueología es una historia. Es decir, que siempre se obtiene la formulación narrativa de una propuesta acerca de cómo funcionaba ese mundo que fue explorado por sus restos. Así, quedaba de manifiesto que los discursos arqueológicos habían abordado las diversas historias en múltiples formas, en una amplia variedad de perspectivas, con miradas cargadas de sus propios tiempos y espacios.

Era en el estudio y reconocimiento de las diversidades, de las constancias y de las transformaciones, de las que se observan tanto en los estudiados como las que están presentes en los estudiosos, en esa búsqueda del conocimiento de los supuestos otros que se volvía al encuentro del nosotros, que resaltaba la validez y que se encontraba la necesidad de una memoria histórica, que por el hecho de estar ahí, atesorada, con la paciencia obligada, se volvía compartida, compartible.

En eso ha estado en las recientes más de cuatro décadas de su vida el niño José. Sí, también se sabía que le gustaba que le dijeran sólo Pepe, o como le llamaban algunos Don Pepe. También se sabía que estaba acostumbrado a conocer, escuchar, leer acerca de cientos y miles de años, y entonces ese casi medio siglo le parecía corto comparado con aquellos periodos.

Su labor permitía a los lugareños re traer a otro ser humano que tenía también por pasión (en su caso era obsesión) el buscar, el reunir la información que estaba en riesgo de perderse. “Don José mira y vuelve a mirar lo que se halla escrito en la ficha,… la caligrafía, excusado sería decirlo, no es suya, tiene un trazo pasado de moda, hace varios años otro escribiente anotó las palabras que aquí se pueden leer”, como dice Saramago acerca de su héroe homónimo en la novela Todos los nombres (p. 44).

Y ya se entendía que básicamente, así de grande por sencillo, la función que hizo Pepe en “su” archivo histórico radicó en construirlo como un conjunto ordenado de documentos, ante múltiples disposiciones, criterios y normas, con la aplicación de los cuidados que pudo obtener, aunque en muchas ocasiones las instrucciones que recibía resultaran contradictorias o lesivas. A pesar de ello, consiguió una misión más importante, que fue la de servir, es decir, el exponer los archivos para el que ahí llegue cuente con la posibilidad de explorar en los miles de hojas y cientos de intentos de construir historias.

Por ello se concordaba con aquellos que afirmaron que el mayor enemigo tanto de la naturaleza como de los elementos históricos era el hombre mismo, algunos quienes representaban adversarios que merodeaban desde hacía ya demasiado tiempo.

Así, en los documentos de ese archivo estaban plasmados los hechos de la historia del no reino y pueblos circunvecinos, proceso que se construía cada día, con dolores o sin ellos.

Ese niño José nació un jueves de abril del año justo en que por fin terminaba una cruenta guerra que pareció llevaría al fin del mundo; finalizaba con la locura de dos grandes hongos de mortal fuego apocalíptico, con llantos y silencios que así lo anunciaban, y él, a contracorriente, se dedicó a crear un mundo, a tejer una trama cargada de historias, como el señor José que vive en la literatura al que el nobel y noble portugués hace decir: “Y él qué hará, si ya no puede realizar lo que pensaba, hará lo que siempre ha hecho, coleccionará recortes de periódicos, fotografías, noticias, entrevistas, como si no hubiese sucedido nada” (p.57), en una labor que desarrolla ese hombre con sus condiciones y circunstancias.

No resulta necesario abundar en la riqueza del acervo responsabilidad de Pepe, que llegó en gran medida a ser su obra. Ya otros lo han hecho, incluso él mismo lo escribió años atrás. Sin embargo, sí es menester resaltar, en breves palabras, su antigüedad, su profundidad histórica, su diversidad temática y de miradas, el valer de su continuidad. Destacar el peligro de su dispersión y del riesgo por pérdida de sus valiosos fondos, muchos de ellos conformados por documentos inéditos.

He tenido el placer y privilegio de compartir el trabajo con ese afamado tejedor, en labores que ponen de manifiesto los valores que le constituyen, como son la constancia, la congruencia, la paciencia, la bondad de la transmisión, el respeto al otro, aspectos de su ser que reconozco en su enorme valía. Y sí, en ese amplio calendario que ha recorrido se dieron los inevitables cambios sexenales y principalmente en tanto las líneas políticas, esas líneas de prioridades que cambiaban mientras él mantenía su red/espacio bajo resguardo.

En cualquier momento, pero con más fuerza en los de crisis es que el conocimiento histórico y social de los pueblos se vuelve un imperativo necesario, un bien básico, y lo más grato radica en que esa fortuna no sólo es para los iniciados. Existen demasiadas tentaciones en apropiarse de todo, sea o no colectivo, sea o no renovable, sea o no justo. Y es ahí donde las fuentes documentales que Pepe resguarda se constituyen en portadoras de huellas y vestigios de los pasados humanos. Y con la investigación de esas marcas se tiene la posibilidad de que el estudioso pueda explicar, comprender o interpretar un determinado aspecto de lo ocurrido.

Por eso se entiende que los archivos históricos como el de Pepe se componen de partes significativas y cargadas de significados de la memoria colectiva de los pueblos, en los que cobra especial importancia el que en sus fondos se encuentren valiosos testimonios que también esperan ser descubiertos, cual otro bien enterrado.

Se vive y se padece el que éste bien en riesgo de avasallamiento formado por el acervo cultural y patrimonial de un pueblo se vaya perdiendo por diversas razones, por desconocimiento, accidentes o negligencia. Este daño ocurre incluso en esas partes de la historia que se conservan hasta en los archivos privados familiares y en los testimonios personales.

Lamentablemente, resulta común el que junto con la pérdida de edificios representativos de la historia se destruyan también documentos de enorme valor que permitirían reconstruir la historia y las voces de un pueblo, a través de un muy variado conjunto de documentos, esa documentación antigua que ofrece huellas de un pasado que aún no ha sido interpretado.

Y en esas páginas y acervos que Pepe atesoró, se encuentran también los cambios de perspectiva, práctica, definición, en la política y organización del quehacer arqueológico e institucional. Basta una mirada somera para encontrar datos e informes, de propios puño y letra o de sus máquinas de escribir, de personajes como Batres, Piña Chán, Acosta, García Payón, Armillas, Gándara Vázquez, Caso, Mendiola Galván, Lorenzo Bautista, Carballal, Noguera, Ruz Lhuiller, Lítvak King, García Bárcena, Gamio, Olay Barrientos, Contreras, Martínez Muriel, Ruiz Gordillo, Gamio, Sánchez Vázquez, Nalda Hernández, González Licón, y un enorme etcétera que rebasa al narrador.

Con esas colecciones se permite el acercamiento al desarrollo de la conciencia histórica de la actividad arqueológica, a los contextos históricos, a los modos y las circunstancias en torno al quehacer, pues como escribe Pepe con mucha verdad: “Ésta es una fuente en busca de investigadores”, a la que sólo algunos pocos se han aproximado.

En un sentido práctico y organizativo esos documentos ahí resguardados permitían, o incluso se podría decir que ojalá fueran la piedra obligada para la toma de decisiones en torno al patrimonio arqueológico.

En las ocasiones en que platicamos Pepe y yo acerca de lo que significaría la pérdida del archivo que custodia le dije, le digo y les digo que en gran medida sería quizás aún más grave que la pérdida de múltiples sitios arqueológicos, porque en él se guardan no sólo los datos fríos, sino las palabras, en su esplendor vuelta un símbolo.

Discúlpenme que haya mezclado en mis palabras mi visión de Pepe con mi visión de lo que me significa el Archivo de Arqueología. No tengo más razones que se me han vuelto uno mismo, y aunque estoy cierto que el Archivo seguirá, también sé que se volverían los mejores reconocimientos y homenajes a José Luis Ramírez Ramírez, Don José, Pepe, el que en primer lugar ese archivo lleve merecidamente su nombre, por su valiente y apasionada entrega, pero estoy aún más convencido que el mejor legado y homenaje consistiría en que se le escuche a él, y que proponga y se acuerden los mecanismos para que ese archivo sea fortalecido a través de más apoyos en recursos de todo tipo, sin escatimarle nada, pues es un hecho que contiene una parte sustantiva de nuestra memoria social, lo que está a contracorriente de las tentaciones para su desarticulación y de la misión colectiva de nuestra casa. ¿No son acaso valiosas las inversiones sociales?

Al final de esta fábula con su inevitable moraleja, en unos minutos te he querido decir Pepe que es menester decirle felicidades al quehacer de la historia por tu perseverancia, por tu labor no de superhéroe, pues más allá de las leyendas en tu entorno está el hombre que se aceptó a sí mismo, se reconoció frente a sus circunstancias, el que supo hacer una adecuada lectura de sus documentos y de su tiempo. Acepta el profundo reconocimiento por la creación de esas redes, las que en aparente contradicción permiten crear libertades; recíbelo por el resguardo de las obras de las memorias, mi querido memorialista, nacido en ese no reino que sí lo parece, con demasiada frecuencia, y del que con seres como tú tenemos la oportunidad de estudiar, criticar y, si acaso, intentar conocer. Gracias a ti, fabuloso tejedor, y de los minúsculos ogros, mejor ni hablar más, sólo estar alertas y cuidarse. Gracias.

Texto reproducido con la autorización de Luis Albero López Wario. Leído en el homenaje a don José Luis Ramírez Ramírez. Auditorio Fray Bernardino de Sahagún, MNA. México, D.F, Mayo 29 de 2014.

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Comentario

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Comentario de Paulo Nicolás Martínez Herrera el junio 2, 2014 a las 10:07am

Que buen rollo... el quehacer de un coleccionista hecho verso; no conozco al homenajeado... pero me da la idea de un personaje que se hizo de archivos, documentos, bienes arqueológicos y otras cosillas más y al final de su vida las entregó a la los investigadores. Atesoró todo ello en vida y lo legó a quienes pretendemos entender todo eso que fue y ya no es! me gustó.

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