Otto Schöndube, un arqueólogo campirano

Es un profesional integral: va, busca, excava, limpia, interpreta y difunde, dice Eduardo Matos.
SABINA ROSAS Y 
J. FRANCISCO DE ANDA-CORRAL
AGO 13, 2015 |
21:41
El arqueólogo de gran trayectoria. Foto: Cortesía INAH y Sinafo F.N. INAH.

Aquel día, el arqueólogo subió a la cima de Las Águilas para hacer una “exploración de superficie”. Llevaba consigo dos pequeños aparatos similares a una brújula: un barómetro, para medir la presión atmosférica y, a partir de eso, saber la altitud sobre el nivel del mar; también llevaba un viejo podómetro, para contar los pasos andados, y tras ello constatar la presencia de un observatorio prehispánico que se yergue en el corazón de la Sierra Occidental de Jalisco, allá por donde uno ha creído a veces... que nada habría después... como escribiera Rulfo.

Para llegar al sitio es preciso caminar aproximadamente 30 minutos por una pendiente de tierra, sobre una elevación que forma parte de una pequeña cordillera separada de las montañas. Entonces aparece una secuencia de rocas monumentales, similares a las de Stonehenge, en Gran Bretaña, “formaciones de origen volcánico”, precisa el arqueólogo, luego de observar minuciosamente el terreno a donde se presume que los antiguos habitantes de la región subían para venerar a sus dioses y a observar el recorrido del Sol. Luego recoge un par de rocas, y algunos tepalcates, y hace mediciones frente a aquellos monolitos de 4 a 5 metros de altura.

Con casi 80 años de edad y más de 50 como arqueólogo-investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Otto Schöndube Baumbach, tapatío de ascendencia germana, sigue demostrando paso a paso que “la buena arqueología se hace con los pies, en el lugar de los hechos, viendo el espacio, intuyendo la vegetación y el clima, e imaginando la época que se estudia”.

Eduardo Matos Moctezuma, su colega más destacado en México, lo describe como “un arqueólogo integral, de campo, que va, busca, excava, limpia, interpreta y difunde”. Él, en cambio, se considera simplemente un “arqueólogo campirano”, orgulloso de su “nacionalismo lugareño”.

“Me gusta mirar y estudiar no sólo las ruinas, sino los recursos que hay alrededor, el paisaje; escuchar a los cronistas, a los viajeros, las historias de la gente local, que pueden estar llenas de fantasías, pero yo creo que cada quien tiene derecho a tener sus fantasías, y ésas también son parte del entorno y de las historias orales de los pueblos”, expresa.

Prófugo de la carrera de Ingeniería Mecánica, que comenzó en la Universidad Iberoamericana, donde también tomó clases de teatro “para perderle el miedo a la gente”, completó su formación universitaria como antropólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Sus comienzos están estrechamente ligados a la fundación del Museo Nacional de Antropología (1964), a donde se incorporó, aún estudiante, en el departamento de Museografía; después trabajó como curador de las colecciones de la Sala de Occidente y como parte del equipo que trasladó las piezas del antiguo Museo Nacional, de la calle de Moneda, a su actual sede en Paseo de la Reforma. Hizo excavaciones en Teotihuacan con Román Piña Chan, y juntos exploraron el Cenote Sagrado en Chichén Itzá, en la década de los 70, donde dice con modestia que participó como “sapo a la orilla del pozo”, porque sufría de claustrofobia y nunca aprendió a bucear; sin embargo, esta temprana aportación a la conservación del patrimonio cultural prehispánico lo marcó para siempre.

Origen y pasión

Los orígenes de Otto Schöndube se remontan a principios del siglo XX, cuando su abuelo paterno, Enrique Schöndube, llegó a México representando a empresas alemanas.

Tras la Revolución, los Schöndube perdieron la hacienda y el papá de Otto tuvo que emigrar: “Mi padre, con sus conocimientos de campo y de los procesos del azúcar, consiguió trabajo en el ingenio de Tamazula”. Por eso, pese haber nacido en Guadalajara, el 13 de diciembre de 1936, Otto fue llevado en brazos a Tamazula, y allí se crió, corriendo entre los fierros del batey y los cañaverales.

Pero la pasión de Schöndube por la arqueología viene del lado materno. En broma, algunos de sus colegas dicen que Otto estudió arqueología porque de niño sus padres no lo dejaban jugar con tierra; sin embargo, su versión es un poco más compleja y revela que el “gusanito” le nació a través de las historias que le contaba su abuelo Rodolfo Baumbach, otro alemán que llegó a Tabasco a principios del siglo XX, y que gustaba de coleccionar lo que encontraba en las labores del campo; “una vez estando en Colima —allá por los años 40—, conoció a Isabelle Kelly, dama estadounidense que estudió el occidente de México con pala y pico, en una época en que la arqueología no era un oficio para las mujeres”.

“También, inconscientemente escogí la arqueología porque pensaba: los arqueólogos trabajan con muertos y los muertos no dan guerra”, dice, soltando una carcajada.

Un “nacionalista lugareño”

Otto Schöndube es un enamorado de su tierra, se declara “con una especie de nacionalismo lugareño”. A pesar de haber trabajado en sitios grandiosos como Chichén Itzá o en la monumental Teotihuacan, no olvidó nunca el valor del patrimonio de la región de occidente, donde ha echado sus raíces al lado de Elisabeth, su compañera inseparable, y donde continúa abriendo museos comunitarios, dando clases o conferencias en distintos foros e instituciones, hasta en rancherías, y cuidando cotidianamente la colección arqueológica del Museo Regional de Guadalajara, donde la sala de arqueología lleva su nombre.

“Me gusta defender el patrimonio cultural que hay en el occidente de México, porque aunque no se trate de monumentos grandiosos como los de los mayas o los teotihuacanos, el que no sean enormes no quiere decir que no tengan valor patrimonial”.

Otto Schöndube se mantiene activo, lúcido, entusiasta. Declara que se siente satisfecho con lo que ha logrado. “Mi edad ya no me permite excavar”, dice con sencillez y sin asomo de nostalgia. No obstante, con casi ocho decenios a cuestas, aún tiene otro proyecto antropológico por realizar: una expedición a Ixtlahuacán, por el rumbo de Colima, acompañado de un botánico, para constatar en campo la permanencia de las especies que encontró en una relación herbolaria del siglo XVIII, que describe plantas medicinales y comestibles de la región, y poder hacer con eso una publicación ilustrada y, además, “pasear, seguir disfrutando de la buena comida, caminar por el campo, gozar de un cielo despejado o lleno de nubes, y de ir al mar, aunque sólo sea para oír las olas”.

Fuente:http://eleconomista.com.mx/entretenimiento/2015/08/13/otto-schoendu...

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